OTROS EDITORIALES

Sócrates y Antígona

Por René Fortín Magaña* Jueves, 24 de Enero de 2013

Los comentarios según los cuales la Constitución vigente (1983) tiene un fundamento netamente positivista me han llamado particularmente la atención porque, desde mi vida estudiantil, me vi atraído por el debate entre dos disciplinas: la metafísica y el positivismo. Precisamente mi tesis de doctoramiento se intituló: "Derecho natural y orden constitucional".

En el tracto del orden constitucional salvadoreño (1883 y siguientes) existió un artículo inspirado en los principios de la Revolución Francesa de 1789, que decía: "El Salvador reconoce derechos anteriores y superiores a las leyes positivas, teniendo por principios la libertad, la igualdad y la fraternidad, y por base, la familia, el trabajo, la propiedad y el orden público". Ese artículo fue suprimido en 1950.

La discusión sobre esta apasionante temática existe desde los albores de la civilización, y no podría afirmarse que a estas alturas está concluida.

Remontándonos a la antigüedad, recordamos a dos personajes que simbolizan una y otra tesis: Sócrates y Antígona.

La vida y la filosofía de Sócrates se conocen por los diálogos platónicos, los textos de Jenofonte y la parodia de Aristófanes (Las Nubes). Pilar indiscutible de la cultura occidental, sostuvo frente al relativismo de las sofistas, el valor absoluto de la ética y la virtud e hizo célebre el método para el descubrimiento de la verdad basado en la ironía y el cuestionamiento (mayéutica). A pesar de ser un ciudadano ejemplar, fue acusado por sus enemigos de corromper a la juventud. No obstante su excelsa defensa contra su acusador Melito, Sócrates fue condenado por los jueces. De 556, 281 votaron contra él y 275 a favor. 6 votos lo condujeron a la muerte.

Estando en prisión, su discípulo Critón se ofreció para proporcionarle la fuga. Sócrates se negó. Y llegado el día de su muerte dijo: "Es justo y permitido dirigir oraciones a los dioses para que bendigan nuestro viaje y lo hagan dichoso; esto es lo que les pido, y ¡ojalá escuchen mis votos!" Luego de haber dicho esto, llevó la copa a los labios, y sorbió con una tranquilidad y una dulzura admirables". A pesar de considerarlas injustas, Sócrates murió, pues, en cumplimiento de las leyes de Atenas.

Inverso es el caso de Antígona "La heroína del Derecho natural", protagonista de una de las tragedias más célebres de Sófocles, el dramaturgo.

Antígona fue una de las hijas de Edipo, la más fiel y la que lo acompañó en el destierro después de que su padre se extirpara los ojos. Edipo fue el causante de la muerte de su padre Layo, y casó con su propia madre Yocasta en cumplimiento de la profecía del Oráculo de Delfos. A la muerte de Edipo, Antígona se dirigió a Tebas para poner fin a la guerra entre sus hermanos Palinices y Eteocles. Cuando llegó sus hermanos habían muerto. Y el tirano Creonte había enterrado al primero y se oponía a que el segundo fuese sepultado. Antígona, oponiéndose a las órdenes de Creonte, sepulta a su hermano, por lo que es condenada a morir enterrada viva. Antes de su sacrificio, Creonte le pregunta: "¿Cómo te has atrevido a violar el edicto que prohíbe eso? Y Antígona responde: "Es que no lo ha hecho Zeus, ni la justicia que está sentada al lado de los dioses. Y no he creído que tus edictos pudiesen prevalecer sobre las leyes no escritas de los dioses, puesto que tú no eres más que un mortal. No es de hoy, ni de ayer, que ellas son inmutables; sino que son eternamente poderosas, y nadie sabe cuánto tiempo hace que nacieron. No he debido, por temor a las órdenes de un solo hombre, merecer ser castigada por los dioses".

He ahí ejemplificada la diferencia entre el derecho positivo y el derecho natural. Frente a la injusticia, Sócrates muere en acatamiento a las leyes de Atenas; mientras Antígona lo hace por desobedecer las de Tebas.

Han pasado los siglos. Y la disputa sigue en pie, sobre todo cuando se han comprobado los extremos a que puede llegar el hombre ilustramentalizando la ley para construir los totalitarismos de todo color. Consecuente con las ideas que defendí desde mis primeros contactos con la Filosofía del Derecho, mi criterio se inclinó por la estimativa jurídica, por la axiología, por la teoría de los valores, como inspiradoras de la legislación y como fundamento de todas las acciones del hombre. Otras doctrinas creerán lo contrario y yo respeto las ideas ajenas. Pero mi convicción es tal que, de la manera más respetuosa, me atrevo a hacer una observación al IV mandamiento de Couture, que dice: "Tu deber es luchar por el derecho; pero el día que encuentres en conflicto el derecho con la justicia, lucha por la justicia". Según mi criterio, las leyes pueden contrariar la justicia, el Derecho no. La justicia es intrínseca al Derecho y es uno de los valores que, hoy y siempre, deben inspirarlo.

*Doctor en Derecho.

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