Cuando la política se convierte en el opio de los pueblos

Por Julio Ernesto Agreda* Martes, 22 de Enero de 2013

Si la actividad política está orientada al ejercicio público del bien común, ¿estará libre de sutiles manipulaciones de alienación social? La experiencia nos confirma que no. Aunque por lo general se dice que los políticos trabajan en función del pueblo, muchas veces lo único que prima es la satisfacción de intereses de grupos afines a la ideología que gobierna.

El concepto de "el pueblo" desapareció del lenguaje político por más de mil años después de la caída de Roma y vino a renacer en el Siglo XVIII en el coloquio de dicha profesión.

En la Edad Media, la política se limitaba a conflictos y alianzas en el seno de la nobleza y la aristocracia, que casi siempre solían terminar en guerra. No era el pueblo el fin último de la política, ni un concepto o componente del lenguaje del poder, sino parte del abanico de intereses predominantes.

Con la Revolución Francesa se inicia una nueva oratoria que marcaría las diversas tendencias que nos llegan hoy día con significados tan diversos y confusos. La Revolución Industrial, aparte de amontonar "al pueblo" en las grandes ciudades del mundo, puso en evidencia la pobreza y la marginación social. Aunque aquel cambio tecnológico creó nuevas expectativas de vida, la miseria urbana sigue aumentando y con ello otros fenómenos sociales que demandan atención objetiva y desinteresada por los actores de la vida política.

A partir de estas dos revoluciones del Siglo XVIII se crea el Estado de Derecho, con el que se buscaría hacer del pueblo y no de las élites de poder, cualquiera sea su tendencia, el fin último de la acción política. Con ello se protegería a los ciudadanos del abuso del poder y se decidiría el destino de los pueblos por medio de la voluntad popular, contrariamente en donde el caudillo se ubica por encima de la ley, de la propiedad y hasta de la vida. La política se volvería "social", socialdemócrata, social cristiana, social moderada, entre otras. El ideal fue que los políticos se dedicaran a trabajar por "las mayorías" y que las instituciones dejasen de ser propiedad de unos pocos para convertirse en "democráticas".

Tristemente en el Siglo XX el concepto de "el pueblo" se pervierte, con el surgimiento del totalitarismo. Surgieron sendos demagogos fanatizados por la metafísica nazi de Heidegger y el pragmatismo filosófico de Lenin, Hitler, Stalin y otros. Sutilmente usaron una nueva jerga, "el proletariado", para destruir lo bueno que las dos revoluciones habían dejado a la humanidad.

En nada es aplaudible la acción de Karl Marx al dividir "al pueblo" en clases sociales con intereses antagónicos y particulares. La lucha de clases que se gestó a partir de aquella visión parcializada "del pueblo" ha traído como consecuencia mucho dolor y sufrimiento a sociedades cuya lucha es promovida por caudillos y demagogos inescrupulosos.

Arribamos al Siglo XXI en donde la ciencia y la tecnología han evolucionado de manera tan asombrosa, no así el ejercicio de la política de algunos pueblos. Los ciudadanos comunes y corrientes nos quedamos asombrados viendo cómo ciertos "líderes" se adueñan del poder, coartan libertades, compran voluntades e interpretan sus leyes a conveniencia mediante ridículos tecnicismos jurídicos.

¿No es acaso adormecer la conciencia de amplios sectores de la sociedad todo esto? Son los grupos ideologizados y "satisfechos" por las regalías que reciben, los que finalmente dicen sí a todo, sin importarles que se les esté quitando el derecho a ser libres, creativos y prósperos. Llegan a ser nada menos que propiedad del Estado y útiles insumos en las manos del caudillo para promover marchas y revueltas sociales.

*Pastor general iglesia cristiana Shekina.

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