La verdad oficial

Una cosa es la verdad, y otra la verdad oficial. La primera es hija del tiempo, la segunda del poder. La primera es demostrable, "indubitable, clara, y sin tergiversación"; la segunda carece de esas cualidades y generalmente persigue fines utilitarios. La primera termina por imponerse; la segunda, por rendirse ante el peso de la realidad. La primera se mantiene intacta, indemne ante el disgusto de los ofendidos; la segunda ofende y termina por provocar la incredulidad general.

En materia de economía y finanzas públicas se presenta en nuestro país esa dicotomía: el gobierno, exhibe una curva tranquilizadora en los índices macroeconómicos, mientras los economistas más calificados la presentan riesgosa, en especial sobre el bajo crecimiento y la deuda pública insostenible. En los índices microeconómicos, la angustia existencial de la gente habla por sí sola: una canasta básica insuficiente y un presupuesto familiar exiguo. Por otra parte, las inversiones nacionales y extranjeras se alejan temerosas debido a la inseguridad jurídica ("nada hay más cobarde que un millón de dólares"). La situación es alarmante.

En materia de seguridad pública, estamos a merced de la inextricable verdad oficial. Aplicando el método socrático (mayéutica) para desentrañar el misterio, nos preguntamos: ¿Cree alguien --en conciencia-- lo que se nos afirma? ¿Sufrimos el embate de una impostura o brilla esplendorosamente la transparencia? ¿Existe un discurso lógico y coherente o se balbucean múltiples contradicciones? ¿Existe una política criminal integral? ¿Son válidas las negociones con las maras? ¿Están apalancados por el gobierno los municipios santuarios? ¿Son constitucionales? ¿Son lógicos? ¿O son aberrantes? ¿Existe una estadística confiable acerca de los asesinatos, las desapariciones, los secuestros y las extorsiones?

Según la caudalosa propaganda oficial, abrumadora, insistente, fatigosa y onerosa, con cargo al sesgado presupuesto nacional, a todas las anteriores interrogantes "debe" contestarse favorablemente. La acción de la justicia y de la seguridad pública, según la voz oficial, está en las mejores manos, marcha exitosamente y son numerosas las palmas que la aplauden. Es un buen modelo, dicen, de lo que otros países deben hacer en esa materia. Incluso una de nuestras voces más autorizadas nos pide evitar el extremo perverso de "erigir la ley en valladar insalvable para entrar en dinamismos novedosos".

Pero la inseguridad persiste; las puertas se cierran temprano; la ciudad está cada vez más amurallada; en los autobuses se juega la vida; la lóbrega noche se anticipa al crepúsculo; el tránsito por calles oscuras equivale al suicidio, y las armas, blancas o de fuego, apuran su cosecha siniestra.

Mentirosos tendrían que ser, o adulones, o cobardes, los integrantes de aquella masa humana que retrató en toda su miseria uno de los más grandes escritores de fábulas de todos los tiempos.

Cuenta Hans Cristian Handersen, en su aleccionadora narración "El traje nuevo del emperador", que unos bribones, haciéndose pasar por tejedores, conociendo las pocas luces, la excesiva vanidad, el irritable temperamento y la propensión al derroche y al exhibicionismo del emperador de un país lejano, le ofrecieron vestirlo con las mejores galas, fabricándole un traje a la medida con unas telas tan maravillosas que tenían la virtud de volverse invisibles para todas aquellas personas que fueran estúpidas o ineptas para desempeñar sus cargos. ¡Caramba! dijo el emperador: ¡Adelante, adelante! El rey está servido, dijeron los truhanes al terminar su obra; el vaporoso atuendo, con manto incluido, está listo para ser exhibido por su majestad.

Mandó éste a su primer ministro para que se lo probara quien, para no ser considerado tonto o incompetente, le dijo al rey que aquel ropaje era el más excelso avance de la moda. Lo mismo dijo un segundo emisario, y pronto corrió la voz sobre las virtudes del atavío: quien no lo admirara era un tonto y un incapaz. El rey se puso el traje inexistente con la ayuda simulada de los embaucadores, y salió a la calle a exhibir sus bellas vestiduras, sin reparar --ciego ante los reclamos de la vanidad-- que en realidad estaba desnudo. Dóciles ante los resortes del poder, los palaciegos, y luego el vulgo entero que se organizó en caravana, presa de la propaganda oficial, y temerosa ante las consecuencias de la verdad, gritaban: ¡Qué lindas están las vestiduras del rey, qué vaporosas, qué corte, qué confección, qué distinción, qué elegancia, qué colores, qué manto, qué corona!

Un chico que no participaba del cortejo y se encontró de pronto con aquel desfile de la mentira inducida, gritó de pronto: ¡el rey está desnudo! ¡El rey está desnudo! El monarca siguió impertérrito ante tamañas calumnias, y el chico que soliviantó a las masas terminó en un calabozo por subversivo.

Mis "reflexiones impertinentes" no tienen la pretensión de ser portadoras de moralina. Pero no puedo abstenerme de extraer la reflexión que se atribuye a Abraham Lincoln: "Se puede engañar a todos algún tiempo; se puede engañar a algunos todo el tiempo; pero no se puede engañar a todos todo el tiempo".

*Doctor en Derecho.

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