La vida sin Chávez

Escribo un miércoles por la mañana. No sé si para cuando salga publicada esta columna, Hugo Chávez estará en las mismas condiciones de un coma inducido, según ABC de España, o habrá muerto. Su hija mayor es la que tiene la decisión de desconectarlo de la vida o mantenerlo en ese estado por un tiempo más. Todo depende de cuestiones políticas.

Afirma el sociólogo alemán Heinz Dieterich, de quien se dice es su mentor ideológico, que Chávez, aunque por un milagro sobreviva, no podrá nunca más ejercer de presidente. Eso quiere decir que las cosas en Venezuela no volverán ser iguales. Y si las cosas en Venezuela no volverán a ser iguales, tampoco lo serán en el resto de América Latina, donde el teniente coronel ejerce una influencia determinante.

A diferencia de Fidel Castro y de los sandinistas, Hugo Chávez no llegó al poder liderando una revolución armada sino, tras un fallido intento de golpe de estado militar, mediante elecciones. El militar golpista como suele ocurrir en determinados momentos muy específicos de la historia, encarnó los deseos de cambio de una sociedad agobiada por un sistema político bipartidista agotado en todo sentido.

Ese deseo de cambio se combinó con la personalidad de un hombre forjado en los rigores de la vida cuartelaría, en la cual mandar de manera autoritaria es la esencia de la profesión. Pero además Chávez tiene, o tenía, una capacidad histriónica admirable; una peculiar oratoria que de manera campechana mezclaba dichos populares y filosofía de pie de página; pero por sobre todas las cosas poseía una gigantesca voluntad de poder.

La conjugación del hombre y las circunstancias de un momento preciso en la historia no sólo de Venezuela sino de América Latina, produjeron el fenómeno de Hugo Chávez como figura continental.

El advenimiento de la democracia política y la aplicación de las llamadas medidas de ajuste estructural, si bien tuvieron innegables consecuencias positivas, no llenaron las expectativas de las grandes mayorías latinoamericanas de tener más participación en la decisiones políticas y mayores beneficios del crecimiento económico.

Ciertamente los viejos esquemas de luchas guerrilleras o de conspiraciones marxistas para alcanzar el poder, estaban caducados tras el derrumbe del "campo socialista", pero también, y eso no todos lo advirtieron, se agotaron o entraron en crisis los esquemas de dominación política de las antiguas élites económicas. Y eso vale no sólo para América Latina sino para los Estados Unidos.

Es en ese contexto que el electorado latinoamericano acoge con entusiasmo las propuestas no convencionales del sindicalista Lula, del líder indígena Morales, el ex guerrillero Mujica, el FMLN, el cura tercermundista Lugo, de Rafael Correa y los Kirchner y Humala. De paso reciben oxígeno los Castro y un segundo aire Daniel Ortega. Por las características mencionadas, pero sobre todo por el recurso petrolero, Chávez lidera esa tendencia.

Pero ahora Chávez ya no estará. Y sus características de caudillo no son transferibles a otra persona, aunque él la haya designado en un último gesto de poder. La desaparición de Chávez del escenario, marcará en mi opinión, un punto de inflexión en la mencionada tendencia. Tampoco satisfizo las expectativas de "las masas" latinoamericanas la propuesta del Socialismo del Siglo XXI.

La propuesta fracasó porque si bien es cierto sus líderes hablan en nombre de los pobres y centran sus esfuerzos en programas asistencialistas que ayudan a ganar votos, no han solucionado en lo más mínimo el problema de la pobreza. Por el contrario, en algunos países, la han agudizado. Es probable que en la vida sin Chávez se genere un efecto dominó que provoque a su vez un nuevo movimiento de péndulo en el continente.

Pero en la historia ningún movimiento de péndulo se da como en la física. Nada vuelve al sitio anterior exacto. Ni la izquierda, ni la derecha, en términos de péndulo político pueden esperar volver a ser lo que antes fueron.

*Columnista de El Diario de Hoy.

marvingaleas@grupo5.com.sv

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