Vuela el tiempo

¡Y el año 2012 se fue con el viento! ¿Cuánto hace que lo estábamos recibiendo con expectación y ya lo estamos despidiendo? Es mágico el tiempo. Cuando yo estaba joven, un año me parecía interminable. Ahora que estoy viejo, vuela raudo y veloz, al punto que ya no cumplo más sino menos años en el mágico escenario de la vida.

¡Ah, la vida, la vida! ¿Podríamos imaginar un mejor telón de fondo para las auroras y los crepúsculos; para el fulgor del sol y el esplendor de la luna; para las noches estrelladas; para los huracanes y los terremotos; para las guerras y las epidemias; para los celajes; para las congojas y las alegrías?

Aquí estamos, victoriosos e indemnes a pesar de los malos augurios, bogando en el espacio frente a las amenazas internas y externas contra el planeta azul, el más bello del universo conocido.

La armonía celeste nos ha librado, hasta hoy, de los proyectiles espaciales –los meteoritos– si bien hay huellas de algunos que impactaron en el blanco, como atestigua el Hoyo de Huajusto, cerca de la Laguna Verde, en el departamento de Ahuachapán. Pero la razón humana se vuelve contra sí misma cuando, a pesar de todas las advertencias, sigue destruyendo la flora y la fauna del planeta, que son fuente de vida, y ocasionándole mortales heridas con las más explosivas y sofisticadas armas de fuego, de tal calibre que son capaces de terminar con la humanidad entera.

Necesitaríamos que Descartes (1596–1650) regresara a la tierra para recordarnos –y reprendernos– por no haber entendido a cabalidad su apotegma "Cógito ergo sum" (Pienso, luego existo), con el cual otorgó a la razón la característica primaria y esencial del Homo Sapiens.

¿Cómo estuvo el año 2012? Más o menos. ¿Qué nos traerá el año 2013? He aquí nuevamente el periódico sortilegio de la incertidumbre. Lo importante es que a medida que corran los siglos, si lo permite la irracionalidad creciente, la columna contable del "haber" vaya siendo superior, en virtud de la filosofía de la vida ascendente, a la del "debe", de modo que algún día pueda cumplirse lo que en la cima de su ardor ciudadano, los revolucionarios franceses de 1789 proclamaron: "Libertad, igualdad, fraternidad".

Una utopía, por supuesto, similar al Tratado de la Paz Perpetua de Emmanuel Kant. Y más, cuando nos movemos en un mundo y en un país donde reina el terror, la inseguridad, el crimen, la corrupción, la envidia social, el desgobierno, y la anarquía. ¿Cuál es, entonces, el camino para llegar a la meta que anuncia esa utopía? Largo, muy largo, larguísimo, porque la historia no da saltos; pero existente, como un remoto horizonte, un sueño, al cual debemos acercarnos con fe en los valores éticos, cívicos y culturales, de generación en generación.

El bien más escaso es el tiempo. ¿Qué es una vida inmersa en la insondable eternidad, en la cual el propio concepto de "tiempo" pierde su sentido? Y, sin embargo, lo ignoramos con frecuencia. Y él, imperturbable, no se inmuta y mantiene su paso irreversible cuando lo derrochamos con nimiedades; cuando lo afrentamos con la ociosidad; cuando lo agredimos con la impuntualidad; cuando lo invocamos urgidos ante una eventualidad, o cuando tratamos de detenerlo porque la tarde se oscurece.

Como dice Víctor Uclés, en su Súplica Otoñal: "Detente, alud, detente:/el arco de mi brazo/se aferra al último aliento de vigor/se orientan al ocaso mis vacilantes pasos/y surgen ya las sombras porque se oculta el sol/Rompe, al llegar la hora/el hilo prodigioso que me retiene aquí/Cuando decline el día/impacta con tu soplo mi débil corazón/¡Pero dame el regalo de unas horas tardías/para extraer más savia a mi intensa pasión!"

Dentro de la inaprensible eternidad, nuestro tiempo es el minuto de nuestras vidas, al cual debemos extraerle el mayor beneficio. Gocemos de esos sesenta segundos; disfrutémoslos; al mundo no hemos venido a sufrir pero pongamos el componente, grande o pequeño y, si es necesario, el espíritu de lucha que ayude a mejorarlo; vivamos a plenitud el estado de gracia que sólo se logra cuando ejercemos la solidaridad con convicción y a manos llenas.

Que la profecía Maya inculque esa actitud a nuestros hijos y a nuestros nietos y sean ellos capaces –ya que no lo fuimos nosotros– de dejar atrás todos los yerros del pasado. Que les inyecte el nuevo espíritu que se necesita para llevar a nuestra Patria –Centroamérica– al mundo desarrollado, con justicia, libertad y seguridad. Así de grandes han de ser sus metas, que en nosotros fueron sólo sueños.

¡Felíz Año Nuevo!

* Dr. en Derecho.

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