El fútbol y el honor

Old Trafford, el teatro de los sueños, fue otra vez el escenario de uno de los más emocionantes partidos que yo haya visto desde aquel Alemania–Italia en las semifinales del mundial de 1970. Inesperadamente el Manchester United y el Newcastle, protagonizaron este miércoles uno de esos juego épicos que quedarán para siempre en la memoria. In extremis, Javier Hernández, definió la victoria de los Diablos Rojos, tras ir siempre abajo en el marcador.

Tras el vibrante encuentro recordé una historia que leí hace unos años y que quería compartir con ustedes. Ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial en 1942 en el estadio de la ciudad ucraniana de Kiev. Las tropas nazis habían invadido la antigua Unión Soviética y marchaban, aparentemente indetenibles hacia Moscú. Sólo el terrible invierno ruso parecía hacerles frente. Así como en París, Praga, Viena o Ámsterdam los nazis ocupaban el terreno con mano de hierro y dedo en el gatillo.

Algunos jugadores del Dynamo Kiev, el equipo más popular de la Unión Soviética y uno de los mejores de Europa en aquel entonces, habían sido capturados. Otros vagaban ocultos en la clandestinidad pasando frío y hambre. Un día un tal Josif Kordik, un colaboracionista ruso que tenía una fábrica de pan, se encontró por casualidad al legendario portero Trusevich del Dynamo. El pobre andaba rotoso, pidiendo algo para comer. Kordik, de quien se dice era un hombre malo, cuya única pasión era el fútbol, le ofreció comida, cama caliente y trabajo con tal de que le ayudara a contactar a los otros jugadores del popular club.

Kordik, ansioso de quedar bien con los invasores alemanes, los convenció para formar una pequeña liguilla para matar el aburrimiento en la ciudad ocupada. Con los jugadores del antiguo Dynamo se formó el Start, los ucranianos colaboracionistas formaron el Rukh y los alemanes trajeron al Flakelf, el que supuestamente, acorde con el mito de la raza aria, nunca había sido vencido. Se formaron un par de equipos más. Los habitantes de Kiev, sin embargo, sabían que el Start era en realidad el Dynamo, el equipo de sus amores. El torneo comenzó y el estadio de Kiev se llenaba para ver y aplaudir a los ídolos del Dynamo.

El 6 de agosto de 1942, los desnutridos jugadores del Start se enfrentaron al todopoderoso Flakelf. Ante el delirio de los oprimidos ucranianos, los nazis fueron derrotados 5 a 1. De inmediato la Gestapo ordenó la revancha para el próximo domingo. En medio de la semana los habitantes de Kiev hicieron llegar mensajes clandestinos a los jugadores, instándolos a ganar para salvar, al menos en la cancha, el honor de la patria pisoteada por la soldadesca de Hitler. Les hicieron llegar algunos alimentos para malcomer un poco, calcetines y calzoncillos. Los pobres estaban flacos y casi no tenían qué ponerse.

El día del partido el estadio estaba lleno de bote en bote. Más de la mitad de los espectadores eran soldados alemanes. El árbitro era un oficial de la SS. Antes del partido, siniestros tipos de la Gestapo, llegaron al camerino del Start (o Dynamo) y les dijeron que tenían que perder porque los arios eran invencibles. Después del primer tiempo los ucranianos ganaban 3 a 0. Los oficiales de la Gestapo con cara de pocos amigos, llegaron al camerino del Start para recordar la amenaza.

En el segundo tiempo, con un árbitro que permitió patada y mordida a los alemanes, los escuálidos jugadores del Dynamo o Start terminaron ganando 5 a 3 a los bien alimentados superhombres. Cuatro jugadores todavía con el uniforme puesto, fueron fusilados, en una barranca aledaña al estadio. Nueve jugadores más fueron encarcelados en los horribles campos de concentración y torturados hasta la muerte. Todavía hoy, cerca del estadio de Kiev, hay un monumento con una leyenda que dice: "Para los jugadores del Dynamo Kiev que murieron heroicamente por salvar el honor de la Patria con la frente en alto ante al invasor nazi".

* Columnista de El Diario de Hoy.

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