OTROS EDITORIALES

Apocalipsis, ahora

Por Gina Montaner Martes, 25 de Diciembre de 2012

Hoy no debería haber periódicos ni playas remotas donde reconectar con los placeres de la vida. Hoy sólo sería el eco de ayer si se hubiera cumplido una profecía maya que algunos, con extrema habilidad de marketing, propagaron anunciando el fin del mundo.

Un Apocalipsis iba a suceder el pasado 21 de diciembre que habría impedido que escribiera esta columna, que adornara el árbol con mis hijas o que llegara al tan deseado paraíso perdido. O eso nos dijeron machaconamente y hasta la saciedad. Era un final que habría aguado todas las celebraciones, ese momento de sosiego familiar y el barullo de los chicos como música de fondo. Un cataclismo inoportuno porque venía a interrumpir los planes vacacionales. Las escapadas en cruceros de muchos conocidos. El estreno de la esperada Les Miserables. Los paseos al borde de la bahía. Los abrazos y besos en los aeropuertos. La oportunidad de llorar una vez más viendo Love, Actually.

La noche antes de la catástrofe en la que iban a chocar los planetas en los alrededores se escucharon festejos y tracas. Gente divirtiéndose, nunca mejor dicho, como si el mundo se fuera a acabar. Corrió el vino, se cometieron excesos, se hicieron promesas falsas.

Total, a la mañana siguiente sólo seríamos polvo y estrellas. Una civilización arrasada en el estruendo de la música tecno con el mensaje subliminal de bailad, bailad malditos. El último vals antes del desbarajuste de la constelación por mucho que la NASA intentara desmontar con explicaciones científicas el mal augurio milenario y el tinglado en torno al ocaso del quinto sol.

Fueron días de desenfreno a la sombra de las pirámides de Chichén-Itzá, donde los New Age, mochileros y fantasiosos de todo el mundo se dieron cita para adelantarse a un fin de año que esta vez era la madre de todos los finales. Más que pitos y zambomba se escucharían las trompetas del juicio final para clausurar una era con un eclipse total sobre la tierra.

Por una vez Yucatán era una fiesta y no París. Los jóvenes se sentaron al sol a la espera de la señal y, paradójicamente, hubo quien procreó en la que sería su última noche. Engendrar vida cuando se tiene la certeza de que ha llegado el fin.

A la gente lo que le gusta es apelotonarse bajo las estrellas y soñar juntos aunque sea para decir adiós al último día del baktun 13 de los mayas, sin alcanzar a comprender la muda inscripción de la piedra de la antigua ciudad de Tortuguero. Seguramente no hay en ella mensajes cifrados sobre el fin del mundo, pero los turistas y supersticiosos se hicieron amigos en el jolgorio de la despedida. Todo era liviano para tratarse del momento solemne del adiós.

La noche que podría haber sido la última coincidí en el ascensor con dos jóvenes que flirteaban. Él le dice a la muchacha que lo acompañe, pues al fin y al cabo a la mañana siguiente todo habrá acabado. Ella lo sigue y hace bien, porque siempre es admirable un hombre que apela al fin del mundo para seducir a una mujer.

Nueve meses después de este anuncio que sólo quedó en alboroto nacerán niños que fueron concebidos bajo el signo de una era que se apagaba. Sus padres un día les contarán toda la historia. Si es que para entonces la humanidad no ha llegado a su verdadero fin. (Firmas Press).

*Twitter: @ginamontaner

EL DIARIO DE HOY NO SE HACE RESPONSABLE POR LOS COMENTARIOS DE SUS COLABORADORES