De Belén al Gólgota

Hay países en los que colocar un pesebre navideño en una calle supone desafiar prohibiciones expresas del Estado, lo que puede enviar a cualquier hijo de vecino a la cárcel. No exagero. Encerrar personas por hacer pública confesión de su fe constituye apenas una de las formas con que todavía se obstaculiza la libertad religiosa en nuestro planeta. La propia muerte del creyente sigue siendo otra opción, que no por ser poco novedosa deja de ser dramática.

Un connotado investigador del fenómeno, David Barrett, ha llegado a calcular que los mártires cristianos han alcanzado la escalofriante cifra de 70 millones en los últimos dos mil años. Lo peor del dato es que más de la mitad de ese número (o sea, unos 45 millones) encontraron la muerte ¡durante el Siglo XX! Así es: la gran mayoría de los mártires del cristianismo no se produjeron en tiempos del Imperio Romano, sino en los nuestros.

Es verdad que durante las persecuciones romanas se quemaban vivos a los cristianos o se les echaba a los leones. El festín de sangre que se ofrecía a la plebe durante el régimen de Nerón, por ejemplo, vuelve gráficamente memorable la tragedia que protagonizaban los seguidores de Jesús en los albores de nuestra era. Pero en modo alguno se trata del más masivo acosamiento a los cristianos en la historia. Recién el siglo pasado, repito, hubo más creyentes asesinados que en los diecinueve siglos precedentes.

"La intolerancia, la discriminación y la persecución a los cristianos de hoy es una verdadera emergencia humanitaria que nos afecta a todos", declaró el año pasado el sociólogo italiano Massimo Introvigne, con motivo de una conferencia llevada a cabo en El Vaticano sobre el tema.

Afirma este autor que la primera década del Siglo XXI ha producido ya unos 160 mil cristianos asesinados por motivos de fe. Si a esta cifra se suman las 105 mil víctimas que se calculan para la década actual, el resultado es terrible: cada cinco minutos, alrededor del mundo, se produce un mártir cristiano por razones estrictamente religiosas.

En marzo de 2011, el ministro para las Minorías de Paquistán, el católico Shahbaz Bhatti, fue forzado a salir de su vehículo por un grupo de hombres que dispararon contra su cuerpo durante dos minutos seguidos. El asesinato de Bhatti se produjo a raíz de haber defendido la causa de Asia Bibi, la campesina paquistaní condenada a muerte por no renunciar a su fe cristiana. Amenazado como estaba por extremistas, el valiente ministro dejó escrito lo siguiente: "Cuando reflexiono en el hecho que Jesucristo lo sacrificó todo, que Dios envió a su mismo hijo para redimirnos y salvarnos, me pregunto cómo puedo seguir el camino del calvario". Y por eso murió.

Ante la realidad del martirio que enfrentan todavía tantos cristianos en muchas regiones del globo, monseñor Luigi Negri, obispo de San Marino, dice que se trata de un odio intelectual al mensaje de Jesús de Nazaret: "Es una ideología sobre la autosuficiencia del hombre, porque todas las ideologías convergen, más allá de sus diferencias, en el hecho de que el hombre se ha convertido en el Dios de sí mismo".

Contemplo el pesebre que con mi esposa hemos puesto en la sala de la casa y me detengo en la figura del recién nacido cuyo cumpleaños celebramos en estas fechas. El odio, a pesar del tiempo transcurrido desde la primera Navidad, continúa acechando a este bebé envuelto en pañales. Abundan los que le niegan, los que no le conocen, los que prefieren mirar hacia su ombligo antes que aceptar que la grandeza del amor de Dios haya querido buscar refugio en un establo. Y me atrevo a elevar una plegaria por los que sufren las consecuencias del odio contra la fe, la libertad y la dignidad humanas.

* Escritor y Columnista de El Diario de Hoy.