OTROS EDITORIALES

Siempre hay tiempo

Por José María Sifontes* Viernes, 7 de Diciembre de 2012

Me gustan las historias de heroísmo y valor. Por eso es que he escrito varias en esta columna. Me gustan especialmente aquellas que surgen de la vida real y en las que los protagonistas son seres de los que menos esperaríamos acciones heroicas. Me gustan porque, además de darnos importantes lecciones para la vida, nos permiten seguir teniendo fe en la especie humana. Con tantos ejemplos de maldad y de miseria de espíritu estas historias se vuelven necesarias y resultan como un antídoto a la desesperanza.

El principal pretexto que ponemos a la hora de ayudar a otros es que tenemos suficientes problemas nosotros mismos como para pensar en los demás. Y esa actitud nos hace que ni ayudemos a nadie, y que al final nadie tampoco nos ayude; pues todo lo que hacemos o dejamos de hacer nos regresa.

Por eso es que la historia de Jessica Joy Rees se vuelve tan especial, porque nos demuestra que aún en las situaciones más desesperadas siempre hay oportunidad de ayudar, y que el pensar en otros permite que las más difíciles pruebas se hagan soportables. Jessica, una niña del sur de California, nació y creció en el seno de una familia feliz. Como toda niña de doce años gustaba de los deportes, salir con las amigas y pasar tiempo con sus padres y hermanos. Llevaba una vida normal. De repente todo se oscureció para ella y su familia. Le diagnosticaron un tumor cerebral, y lo normal y cotidiano de la vida desapareció. El tumor canceroso estaba alojado en una zona que hacía imposible una operación. Desde el principio el pronóstico fue muy reservado y sólo se le pudo ofrecer radio y quimioterapia.

En las sesiones de tratamiento Jessica observó a muchos otros niños con cáncer. La escena era siempre la misma: niños delgados y sin cabello, con caras tristes, postrados en sus camas y acompañados por padres angustiados y con la derrota dibujada en sus rostros. Meditó la forma de cambiar eso y un día en su casa tomó unas jarras trasparentes y las llenó de pequeños juguetes, dulces, pinturas de uñas y otras cosas que creyó les gustaría a los niños del hospital. Se las llevó y pudo ver cómo estas pequeñas cosas eran capaces de transformar las caras sombrías y dar felicidad, cómo pequeños detalles pueden hacer la diferencia.

Cuando acabó con sus juguetes contó su experiencia en las redes sociales. La respuesta fue espectacular y miles de jarras llegaron de todas partes. Su ejemplo fue imitado y las "JoyJars" se hicieron famosas. Con el tiempo se repartieron a niños con cáncer en 27 estados y hasta en lugares tan apartados como Suráfrica. Con su propio tratamiento a cuestas Jessica tuvo todavía la energía y el ánimo para abrir un blog y fundar una organización. La fundación NEGU ("Never Ever Give Up", "Nunca te rindas") existe aún y se encarga de buscar recursos para la investigación del cáncer infantil. En el blog describió su experiencia con el cáncer y alentó a miles de seguidores a enfrentar con ánimo y optimismo esta enfermedad.

Jessica Joy (su nombre significa alegría) perdió la batalla contra el cáncer en febrero de 2012. Tenía sólo trece años. Hoy su foto con las siglas NEGU se observa en muchos servicios de oncología pediátrica alrededor del mundo, como una prueba de que la actitud supera los obstáculos y que su legado y ejemplo vivirán mucho más.

*Médico psiquiatra. Columnista de El Diario de Hoy,

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