OTROS EDITORIALES

Bulevar Mano Peluda

Por Carlos Alfaro Rivas* Martes, 4 de Diciembre de 2012

Lejos de sentir orgullo cada vez que transito por la nueva autopista que conecta Los Chorros con Los Próceres, siento pena ajena, cólera y decepción.

Reconozco que es una gran obra que, aparte de los cuellos de botella que está provocando en sus extremidades, quita presión a la diaria pesadilla de tránsito, y gasto de gasolina, que miles sufrimos en horas pico. Lo triste es que del dicho al hecho, tuvimos que esperar un largo y misterioso trecho.

De haberse inaugurado en mayo de 2007, y a un costo de $ 25 millones, según calendario y presupuesto original, sintiéramos el mismo orgullo que vivimos cuando inauguraron la Autopista a Comalapa y los 4 carriles a Acajutla, en los tiempos del presidente Flores.

Lástima que hubo gato encerrado en la ejecución de la nueva obra, pues entre más tiempo, más dinero y con el sobregiro ya deberíamos de haber solucionando los cuellos de botella con pasos subterráneos en los redondeles Masferrer y Naciones Unidas, ampliado el bulevar Los Próceres y continuado con el desarrollo del anillo periférico, cuyo primer paso es la autopista recién habilitada.

Pero el gato sigue encerrado y pasarán más de mil años, muchos más si algún día, Dios mediante, se logre escapar. Lo que sí se escapó es el hecho que la nueva carretera, de tan sólo 10 kilómetros, costó $ 100 millones y tardó 7 años en completarse. Es decir, el proyecto finalmente se habilitó 5 años más tarde de lo razonable, y a un costo 4 veces más de lo presupuestado. Si volamos pluma, fácilmente nos cae la peseta que cada kilómetro costó $ 10 millones. ¡Qué pena, qué cólera, qué decepción! Para efectos de comparación, los 38 kms, que mide la autopista a Comalapa costaron $ 25 millones.

"Se llama monseñor Romero, les guste o no les guste", afirmó con ínfulas de dictador nuestro presidente, durante la inauguración de la obra en cuestión. Simple y sencillamente le valió sorbete la voluntad de casi 30,000 salvadoreños, que participamos en el concurso para rebautizar la Diego de Holguín, que con buen tino organizó el Ministerio de Obras Públicas, con la colaboración de la Universidad Tecnológica, el Súper Selectos y el Banco Agrícola. El viento se llevó propuestas de nombres como Bicentenario, El Salvador y Claudia Lars.

La imposición presidencial es otro capricho más, que me huele a cortina de humo, con el fin de crear polémica con algo tan superficial, como lo es el nombre de la calle, y así evitar presión mediática y ciudadana para que los trapos de la corrupción salgan al sol.

Qué pena que el nombre del monseñor más significativo de nuestra historia, en proceso de canonización, sea asociado con una obra pública manchada de ineficiencia y manos peludas. De la que se salvó la memoria de Diego de Holguín, el 1er. alcalde de nuestra capital.

Pero el nombre es lo de menos, pues los salvadoreños somos alérgicos a los cambios. El hotel Camino Real cambió de nombre hace más de 20 años, pero seguimos llamándolo Camino Real; la Feria sigue siendo la Feria, aunque ahora le mentan CIFCO; el Bulevar El Hipódromo se mantiene a pesar de que el nombre oficial es de algún brasileño que sepa Judas quién fue, que favor le debía la alcaldesa anterior; un taxista seguro ni tiene la más mínima idea adónde queda la calle Schafik Handal, pero sin vacilar ubica la 3era. calle poniente; el monumento al Hermano Lejano, como que ahora se llama Hermano Cercano, pero nadie le dice así; aunque pinten los aviones de Avianca, los salvadoreños seguiremos volando en TACA.

Total, la nueva carretera, aunque Funes le haya puesto monseñor Romero, para muchos seguirá siendo la Diego de Holguín, para otros la Diego de Al Fin, y para mí la Autopista Mano Peluda, como muestra de las ganas de vomitar que el asco de la corrupción provoca en los salvadoreños de buena voluntad.

*Colaborador de El Diario de Hoy.

calinalfaro@gmail.com

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