En busca de ayuda

Pareciera que sobre este país han caído las siete Plagas de Egipto y nos esperan los cuatro Jinetes del Apocalipsis, ante las afirmaciones del Ministro de Hacienda de que no hay recursos para cumplir con las obligaciones de fin de año, lo que tiene al borde de la quiebra a quienes, en un mal momento, contaron al Gobierno entre sus clientes o inquilinos.

Y sin mencionar la decepción e indignación que causa el despilfarro de altos funcionarios, en lujos y prebendas para beneficio propio, pero exigiendo medidas de austeridad. Y el cinismo de quienes acaban de descubrir que tienen conciencia, para venderse al mejor postor. Y que el presupuesto 2013 sigue los mismos pasos del anterior, con ingresos totalmente imaginarios y niveles de crecimiento alejados de la realidad.

¿Qué haremos? Debemos hacer oír nuestra voz, diciendo un BASTA YA, de tanto abuso, protestar de todas las maneras que nos permita la ley, como lo hicimos con el 743, pero con más fuerza y presión, pues la situación actual ha hecho rebalsar el vaso de nuestra paciencia y tolerancia. Y seguir, al pie de la letra, el consejo de "trabajar tan duro, como que todo dependiera de nosotros, pero rezar con tanto empeño, como que todo dependiera de Dios". Y en este sentido, vale la pena recordar la fecha de hoy, en que se conmemora un acontecimiento espiritual, casi olvidado, pero cuyo recuerdo puede ayudarnos a levantar los ojos al cielo, en espera de una ayuda más eficaz.

Porque un día como hoy, hace 70 años, el 25 de noviembre de 1942, para conmemorar los 100 años de la erección de la Diócesis de San Salvador, se organizó un Congreso Eucarístico, en cuya preparación participó activamente el Gobierno y toda la ciudadanía, sin distinción de clases sociales, que constituyó una solemne manifestación de fe y adoración, a Jesucristo presente en el Santísimo Sacramento.

Y para promover la piedad mariana y agradecer tantos favores recibidos de la Madre de Dios, se coronó solemnemente, como patrona de El Salvador, a la Virgen del Rosario, la imagen más antigua del país, que se venera en la parroquia de ese nombre.

Como un recuerdo de esta solemnidad, en que se consagrara la nación al Corazón Eucarístico de Jesús, se bendijo el monumento conmemorativo al Divino Salvador del Mundo, construido con el aporte generoso del pueblo salvadoreño, que hoy vemos remozado en la plaza que lleva su nombre. Y en la entonces salida de la ciudad, hoy esquina de la Alameda Manuel Enrique Araujo y Avenida Olímpica, se erigió un monumento con un bellísimo mosaico de la Virgen del Rosario, que incluye un escudo adornado por las banderas de El Salvador y el Vaticano, con una cartela que dice: "Paz a quien entra. Salud a quien sale". Al lado oriente, se lee en una placa: "Esta ciudad hubo desde su fundación, como protectora, a la Virgen del Rosario. Esta imagen fue coronada como Reina de El Salvador en el año 1942". Y en la del lado poniente: "Me declaro guardiana y defensora de esta ciudad. Entras a la ciudad de María. Ella es aquí la reina".

Salvadoreños, las leyendas que adornan esta imagen deben despertar en nosotros una enorme confianza, ante la promesa de la Virgen, de proteger y guardar a esta ciudad y a sus habitantes. Somos un pueblo amante de la paz. Trabajemos con ahínco, defendamos nuestra institucionalidad, y pongamos nuestra confianza en el Divino Salvador del Mundo y su Santísima Madre.

* Columnista de El Diario de Hoy.

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