Cuando el título no es suficiente

Por Marvin Galeas * Miércoles, 21 de Noviembre de 2012

Una de las más grandes y comunes frustraciones de los jóvenes en estos días es no encontrar un empleo después de graduarse en la Universidad. Y no es para menos. Después de estudiar entre 40 o 50 asignatura durante cinco o más años, elaborar y defender una tesis, invertir una fuerte suma de dinero, pareciera lógico que las puertas del mercado laboral tendrían que abrirse casi de manera automática.

Pero desafortunadamente no es así. La mayoría de graduados, sobre todo en las áreas humanísticas, encuentran muy difícil encontrar empleo. Y muchas veces, cuando lo encuentran, es en un área distinta a la de sus especialidades. Hay licenciados en ciencias jurídicas o en sociología que terminan vendiendo teléfonos celulares o filósofos que se desempeñan en algún "call center".

Tampoco es que a los graduados de medicina, biología o cualquiera de las ingenierías les va muchísimo mejor. Es probable que tengan una ligera ventaja, pero la situación es la inserción en el mundo profesional es siempre muy difícil. No siempre ha sido así. Hace unas décadas, cuando sólo había una Universidad en el país, la Nacional, el graduado de médico o de abogado tenía casi de inmediato asegurado su futuro.

Claro eran relativamente pocos los profesionales universitarios. Y eran pocos porque no era tan fácil obtener el cartón con la imagen de minerva estampada. Primero había que graduarse de bachiller, aprobando previamente unos exámenes privados bastante difíciles, luego había que rendir otro complicado examen de admisión para ser admitido en la "U". Había que superar las llamadas áreas comunes y luego cursar la carrera en la que no había concesiones académicas de ningún tipo por parte de los catedráticos.

Cada obstáculo iba dejando en el camino a los menos aptos. Pueda ser que más de un vivo haya superado todas las barreras por influencias o haciendo trampas, pero por lo general se graduaban al final en las diferentes carreras los mejores. De aquellos tiempos hay todavía verdaderas eminencias tanto en las ingenierías, la medicina, el derecho y en las otras profesiones.

Muchos jóvenes optaban por estudiar carreras técnicas y otro tipo de estudios superiores no universitarios en la Escuela Nacional de Agricultura, la Escuela Nacional de Comercio, la Escuela Militar y demás institutos tecnológicos. Las cosas comenzaron a cambiar cuando, por presiones, se eliminó el examen de admisión en institutos nacionales y en la misma universidad. La admisión masiva, democrática y popular dirán algunos, llenó las aulas de todo tipo de personas, algunas de ellas ni siquiera tenían el más mínimo interés de aprender.

Por otra parte la ocupación militar de la Universidad, en los setenta y ochenta, y otros factores, provocaron el boom de las universidades privadas. Algunas de ellas muy buenas, pero hay que aceptar que la mayoría carecen de las condiciones físicas y del capital intelectual para hacer de un joven un profesional capaz. Además se generó la percepción que un título de licenciado en cualquier cosa abre más oportunidades laborales que el de técnico.

Actualmente el título universitario no garantiza encontrar un empleo. La oferta de profesionales que cada año egresa de más de 40 universidades no se corresponde con las necesidades de los empleadores. Un alto porcentaje de graduados son muy deficientes en su propia profesión y casi nulos en otros conocimientos indispensables en estos días. En el mejor de los casos hay jóvenes que se gradúan con sólidos conocimientos en su profesión pero carecen de habilidades para las relaciones interpersonales. Y eso se vuelve un obstáculo muy difícil.

Y es que es no sólo es importante adquirir una sólida preparación académica, hay que saber venderla en el mercado laboral. Un joven profesional, a menos que sea un cantante de rock o una estrella de fútbol, difícilmente encontrará trabajo de inmediato si no sabe comunicarse de manera correcta y empática. De eso platicaremos el próximo jueves.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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