Cuando ríen los sinvergüenzas

Imaginemos por un momento que los ciudadanos pudiéramos pasarle una pequeña prueba de suficiencia a los 54 diputados que hace unos días votaron por el Presupuesto General de la nación. Cabe preguntarse quién de ellos estaría en capacidad de defender su voto, tomando en cuenta que el proyecto enviado por el Ministerio de Hacienda exhibía notorias deficiencias.

En el caso particular de los cuatro diputados disidentes del principal partido de oposición, estoy seguro que la prueba sería especialmente dura. Ninguno de ellos ha dado muestras de entender qué incluye un presupuesto nacional y bajo qué criterios se justifica cada partida. Tampoco parecen muy incómodos con el hecho de que la cuestionable suma de sus votos al bloque FMLN-GANA ha permitido que los salvadoreños vayamos a "gozar", el año que viene, de una anticipación de gastos e ingresos que se fundamenta en proyecciones de crecimiento irreales, con más abusos en el gasto corriente y un déficit preocupante no reflejado en los cálculos oficiales.

"Una bomba de tiempo" fue la definición que utilizó el economista Luis Membreño para ilustrar a qué nos enfrentaríamos si el Gobierno sigue rehusándose a contener el flujo de gastos, sin sujetarse a un sistema real de control y seguimiento. La disidencia partidaria que hizo posible la aprobación de un presupuesto con estas características no se explica a la luz de esos alegatos de "voto de conciencia" que se han puesto tan de moda. Apretar un botón en la Asamblea Legislativa para extenderle un nuevo cheque en blanco al Gobierno es una irresponsabilidad mayúscula, tan censurable en quienes lo hicieron por afinidad política e ideológica como por los que decidieron pervertir su papel de opositores, olvidándose de la voluntad ciudadana que los llevó a ocupar una curul.

Respecto del transfuguismo que lastró a ARENA en 2009 jamás escuché de algún líder de GANA razones válidas. Que yo sepa, ninguna explicación satisfactoria que intentara hacernos comprender qué mueve a un diputado a actuar en línea contraria de la que hubieran esperado sus electores --a los que principalmente se debe-- ha salido de los labios de quienes llevan tres años promoviéndose como la "derecha social".

Lo curioso es que, en el intento de merecer el voluble apellido de "social", este movimiento político ha contribuido como ningún otro a distanciar la agenda gubernamental de las medidas que podrían llevarnos por una ruta segura hacia el desarrollo sostenible. A la inversa, los grandes socios del FMLN en su desfachatada cruzada contra la institucionalidad y el Estado de Derecho –tan necesarios para apuntalar el crecimiento económico–, han sido precisamente los que en su día protagonizaron el fraude poselectoral más pernicioso que haya conocido nuestra historia contemporánea.

Los tránsfugas de ayer, tal parece, urgen de nuevas defecciones para apuntalar sus tenebrosos objetivos. Los cuatro diputados de ARENA que dieron sus votos para aprobar un presupuesto desfinanciado todavía pueden hacerle daños mayores al país, en la medida en que terminen de plegarse a ese proyecto oscuro e inconfesable, tan oscuro e inconfesable que necesita, entre otras cosas, un Fiscal General de la República sujeto a los hilos que tiene en su mano cierto experto titiritero.

Resulta lógico que muchos militantes honestos del FMLN se sientan frustrados ante la parsimonia con que su partido está tomando la elección del Fiscal. También para ellos está pareciendo cada vez más claro que el propósito de tanto atraso es ganar el tiempo que requieran los subastadores hasta dar con el precio del voto "por conciencia" que les falta. Y una vez conseguido, ¡a volar lo que resta de la institucionalidad salvadoreña!

¿Qué le queda a una sociedad que observa con creciente estupor cómo los altos ideales políticos terminan así prostituidos, a plena luz del día, en una mofa grotesca a la voluntad popular? ¿Dónde encuentran refugio la decencia y la valentía cuando ríen los sinvergüenzas?

* Escritor y columnista de

El Diario de Hoy.

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