Polarización a la americana

Desde siempre, los votantes en los Estados Unidos han estado divididos en dos partidos mayoritarios, además de un numeroso grupo de personas que deciden su voto cada cuatro años, a quienes cada candidato trata de atraer a sus posiciones.

Esta vez Obama hizo una elección: o dedicaba sus esfuerzos a atraer indecisos, o apostaba por atraer grupos demográficos que respondieran a planteamientos radicales, principalmente de naturaleza moral. Escogió lo segundo.

A Romney no le quedó más que fortalecer sus planteamientos: cualquiera de los dos que hubiera presentado posiciones moderadas, habría perdido irremediablemente la elección. Por eso ambos mostraron su cara más dura, su perfil más afilado. Obama fue demócrata hasta el extremo, y Romney no albergó incertidumbres con respecto a su republicanismo.

En un mundo híper comunicado, frente a un público acostumbrado por el mercadeo a obtener siempre lo que quiere --y a tenerlo inmediatamente--, de cara a una población fácilmente manipulable por clichés y slogans acuñados por el periodismo para transmitir ideas complejas en breves espacios de tiempo; en un ambiente así, cuando se trata de hacer proselitismo, no puede uno andarse por las ramas.

Si tienes un mensaje, debes decirlo alto, claro y con brevedad. Si no, con demasiado ruido en los medios de comunicación, tu propuesta corre el riesgo de perderse en el fragor cibernético, en el maremágnum de la oferta televisiva, en la superficialidad radiofónica; tan llenos de reclamos, que al final resultan los perfectos distorsionadores de la comunicación en los asuntos que de veras pesan.

Si Romney se hubiera presentado un poco más moderado en sus propuestas, después de superar la dificultad de hacerse oír, no habría hecho más que favorecer las ideas demócratas. Y de la misma manera, si Obama no hubiera profundizado en sus conceptos de asistencia social, de inmigración, de derechos de las minorías (especialmente las de los más débiles), y otros pilares ideológicos de su partido, no habría logrado enganchar ni a los indecisos, ni mucho menos a esos grupos demográficos minoritarios que "sentían" que le importaban a Obama.

Ante un Obama agresivo y propositivo tenía que enfrentarse un Romney con el mismo talante. Los dos comprendieron muy bien que el que aflojaba perdía, y de allí sus posiciones tan sin aristas, sólidas, duras. El público captó el mensaje y votó. Los que no querían que gobernara un republicano extremista se apresuraron a ir a las urnas, y los que deseaban que los principios demócratas dejaran de cambiar al país, fueron a votar con la esperanza de relevar a Obama en la presidencia.

A fin de cuentas, no fue la economía la que inclinó la balanza (fatal en los últimos cuatro años), sino el mensaje que cada candidato dirigió --más que a sus votantes tradicionales-- a los indecisos, ante quienes cada candidato se presentó como la quintaesencia de las ideas de su partido.

Romney lo sabía perfectamente, y por eso no dudó en asociarse con Ryan como vicepresidente. Presentándose como conservadores de hueso colorado, con la esperanza de que su mensaje tuviera eco entre los estadounidenses en general, y especialmente entre los más tradicionalistas, que a la vista de los resultados parecen ir disminuyendo.

Entonces, tanto la forma de hacer campaña, como el resultado de las votaciones, terminan por mostrar --y más adelante habrá que analizar los hechos-- que cultural y sociológicamente, los Estados Unidos están cambiando más rápido de lo que parece.

¿Qué tanto habrá pesado todo esto en lo apretado de la contienda? Difícilmente se sabrá, pero no deja de ser una de las peculiaridades que han hecho de esta elección, un suceso inédito en la historia de la democracia norteamericana.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org

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