-
La educación media, declaran,
ha colapsado, está en la ruina
Nota del día
- Cuatro años después
Por Eduardo Torres*
- Después de él…
el diluvio
Por Carlos Mayora Re*
- Idiosincrasia e idioma
Por María A. de López Andreu* *Columnista de El Diario de Hoy.

En eterna campaña
No está claro si la democracia vive para las elecciones, o si las elecciones viven para la democracia. Por el contrario, es evidente que los partidos políticos se desviven por el evento más prioritario de su vida útil: el proceso electoral.
En teoría las elecciones son prioritarias para los partidos porque el evento cívico los consagra (o no) como un canal formal de representación de las preferencias de una parte de los ciudadanos. En la práctica, el proceso electoral es importante para un partido porque presenta la oportunidad clave para captar su cuota de poder, y con ello, mayor acceso a recursos, poder de negociación y posibilidad de hacer política publica.
En El Salvador, como ocurre en otras partes del mundo, el calendario electoral dicta en gran parte el orden, las prioridades y las estrategias de los principales partidos. Lo particular del caso salvadoreño es la elevada frecuencia de los procesos electorales, lo cual lleva a la percepción que el país más pequeño de América Latina vive en constante campaña electoral.
En el periodo 1994-2014, se habrán realizado un total de 12 elecciones (presidenciales, legislativas y municipales). Esto es equivalente a un total de 12 elecciones en 240 meses, es decir, el país de seis millones de habitantes celebra en promedio una elección cada 20 meses. Para poner esta cifra en perspectiva y notar que se realizan elecciones frecuentemente, basta tomar en cuenta que la próxima elección presidencial se llevará a cabo en 15 meses. Por supuesto, la especulación en cuanto a quiénes serán los precandidatos y eventualmente el candidato en ambos partidos mayoritarios, comienza mucho tiempo antes. Aunque el FMLN dio a conocer que Salvador Sánchez Cerén sería su candidato a la Presidencia 19 meses antes de la contienda de 2014, y ARENA anunció que Norman Quijano sería su candidato 16 meses antes, el tema surge a lo interno de sus partidos quizás un día después de las elecciones de marzo de 2012.
El desafío es que en el contexto de una alta frecuencia electoral, los partidos deben dedicar más de su tiempo a la selección de candidatos (y manejar los problemas internos que ese proceso ocasiona), a lanzar y financiar campañas, y administrar la logística y organización de la campaña electoral. Al día siguiente de la fiesta cívica, cuando todavía no terminan de asimilar el gane o el pierde electoral, el ciclo inicia nuevamente con la mira puesta en la próxima fecha de elección y las cúpulas partidarias comienzan a pensar en los escenarios y en la estrategia adecuada para asegurar la siguiente contienda. El calendario electoral actual no colabora porque el tiempo entre una elección y otra es considerablemente corta. En el periodo 1994-2014, el tiempo más corto entre una elección y otra es de 2 meses, mientras que el tiempo más largo es de 3 años.
Si los partidos viven principalmente para las elecciones, y no tanto para gobernar, el país pierde en el preciso momento que el ciclo electoral termina y el siguiente inmediatamente comienza. Bajo esta lógica no hay tiempo ni cabida para diseñar, dialogar, criticar constructivamente, consensuar e implementar políticas publicas efectivas. Sin duda alguna las elecciones son un pilar esencial de la democracia. Pero no es posible ignorar que el proceso electoral también tiende a hipnotizar a los partidos políticos para que eternamente elaboren estrategias de campaña, contraten consultores políticos internacionales, y comisionen encuestas para descifrar quién es el más popular y querido por la población. Mientras sucede lo anterior, siguen los problemas sociales, económicos, fiscales y democráticos. Y además, se profundiza la crisis de representación porque los ciudadanos se desencantan más con los partidos políticos que no les resuelven sus problemas diarios.
El Salvador podrá gozar de buena reputación internacional, ser clasificado como país "libre" por organizaciones prestigiosas como Freedom House (contrario a sus vecinos) y recientemente, presumir la reducción de tasas de homicidio. Sin embargo, diversos factores indican que estos equilibrios son más bien frágiles, sin garantía alguna de su sostenibilidad indefinidamente en el tiempo. Y menos aún, si instituciones democráticas, como los partidos políticos, viven para las elecciones y no tanto para solucionar problemas e inspirar confianza en los ciudadanos que dicen representar.
*Columnista de El Diario de Hoy.
@marianvidaurri
EL DIARIO DE HOY NO SE HACE RESPONSABLE POR LOS COMENTARIOS DE SUS COLABORADORES
