¿Dónde está tu tesoro?

Siempre que se habla de tesoros vienen a la mente torvos piratas, tuertos y con pata de palo, enterrando sus cofres con riquezas y guardando celosamente los mapas. Ahora son los narcos los que "encaletan" el dinero mal habido, como lo vemos en la televisión colombiana o más recientemente incluso en El Salvador en la vida real.

Cerramos la columna anterior con la frase: "Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón…". Pero ahora vale preguntar, ¿cuál es nuestro tesoro? ¿Adónde ponemos toda nuestra atención, nuestras emociones, nuestras metas, nuestros anhelos y aspiraciones, en fin, nuestros corazones mismos?

El mismo Dios compara Su reino al tesoro que está escondido en un campo y que el que lo encuentra, corre a comprar la propiedad.

Es fácil enfocarnos en nuestros trabajos, en nuestras carreras o en nuestras empresas, pero ¿estarán seguros los corazones en esos frágiles compartimentos o caerán cuando se venga abajo cada uno de ellos? ¿Serán esos verdaderos tesoros que no perecerán a la polilla o a la herrumbre o serán botín de ladrones vulgares o de cuello blanco?

Cada quien puede pensar lo que quiera, pero el mejor tesoro en el que pueden descansar nuestros corazones, después de Dios, es la familia. Todo lo demás es ficción.

El mejor tesoro son los matrimonios, los padres, los hijos, los hermanos, primos, tíos, los buenos y verdaderos amigos, la casa donde se puede respirar paz y entrega en medio de las vicisitudes. Qué mejor tesoro que estar descansando en el hogar, jugando con los niños o viendo la lluvia caer a través de la ventana o arrullando en tu hombro al bebé porque --léanlo bien-- será la única etapa en la vida que podamos hacerlo así; qué mejor tesoro que el que dejas en el corazón de tus seres queridos prodigándoles cariño y paciencia; qué mejor tesoro que te recuerden, no por lo que tienes, sino por lo que eres... La mejor herencia, el tesoro, siempre será la calidad de amor y tiempo que les demos a los nuestros, más que matarnos trabajando y ni siquiera verlos.

Qué mejor tesoro que la imagen de tu familia siempre orando a la mesa, confiando en la misericordia de Dios en los momentos difíciles o tendiendo la mano a quien lo necesita. Podré olvidar muchas cosas con el paso de los años, pero nunca a mis padres y abuelos dando gracias y persignándose antes de comer o alistándose con alegría para ir a misa el domingo y después comer en familia. Pero más allá de eso, estando siempre dispuestos a compartir su pan y esperanzas con sus vecinos o incluso con quien llegara a pedirles aunque no lo hubieran visto en toda su vida. Realmente eran archimillonarios, pero su riqueza era espiritual. Estos son los hechos que marcan vidas, los testimonios que arrastran, porque los niños nunca olvidan detalles de generosidad como estos y ya mayores se sienten atraídos a imitarlos.

Creo que muchos añorarán y preferirán momentos de satisfacción interna como esos frente a sórdidas horas de alcohol y diversión pasajera, falsos amigos y el peligro de que una discusión estéril termine en una balacera y con la propia vida.

Más de alguno me podrá negar todo esto, pero al cabo de un tiempo y a fuerza de tropiezos me dará la razón.

El Salvador no tiene petróleo ni minerales ni yacimientos de gas, sino que su mayor riqueza es su gente y la fe que la hace levantarse ante las pruebas. Seguramente es en ese tesoro donde el mismo Dios pone su corazón y sus expectativas.

Dicen que San Juan asentaba su cabeza en el pecho de su Maestro, para estar cerca de su corazón y escuchar sus latidos.

Ahora podemos saber dónde está nuestro tesoro. San Agustín decía que "nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti…".

*Editor subjefe de El Diario de Hoy.

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