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Los políticos y los debates
En todas partes, aun en la democracia más antigua y madura del planeta, la denigración es arma cotidiana. La caricaturización de los personajes públicos es esgrimida en contra de los políticos de manera habitual y contundente. Porque es una forma de transmitir el núcleo de un mensaje de manera rápida, sentimental y eficaz.
Se fraguan opiniones y caracterizaciones que muchas veces contrastamos con nuestros prejuicios y que, dependiendo del resultado de esa comparación, las aceptamos como ciertas o inverosímiles. Sin puntos medios, sin matices.
Cíclicamente se repiten los mismos tópicos en todas partes: el partido en el poder está destruyendo el país, y el candidato opositor es la persona, la única persona, capaz no sólo de detener la catástrofe, sino también de reconstruir las cosas. Los rumores que deshonran gratuitamente al otro tampoco suelen ser muy imaginativos: que es borracho, ladrón, incapaz… Y entre los preferidos: que es mentiroso.
En otras partes son más imaginativos. Como por ejemplo lo que se decía de Roosevelt, que era solamente un acaudalado diletante, y además, socialista, o de Eisenhower, de quien se rumoraba que era torpe, tonto y perezoso, incapaz de comprender la complejidad del mundo de su tiempo. Y eso sólo para mencionar a los dos hombres que supieron conducir las cosas durante el complejísimo tiempo de la Segunda Guerra Mundial, y llevar a su país a la victoria…
Pero, considerando los candidatos actuales: ni Romney es un charlatán incapaz, ni Obama es un tonto mentiroso. Los dos son hombres ambiciosos, preparados y exitosos.
Dejando aparte que los insultos, a fin de cuentas, en quien verdaderamente recaen es en el que los profiere. Cuando a un político se le somete a presión, hay un aspecto muy valioso que todos pueden observar: su capacidad de poner en contexto los insultos que recibe, y mostrar sus posiciones y posibles líneas de acción para solucionar los problemas, o, simplemente, su pérdida de control.
Por sus reacciones en un debate, por ejemplo, podemos conocer cómo es la persona, pues hace falta una enorme disciplina para no estallar y contestar con despropósitos, y por eso quizá el comportamiento más auténtico de un político no es el que refleja en sus discursos o spots televisivos, sino el que muestra cuando es sometido a presión. Ya sea ésta la de un debate, una situación de emergencia, o una crisis que debe ser solucionada inmediatamente.
A fin de cuentas, de eso se trata: de liderazgo. No sólo de inteligencia o de cualificación, ni siquiera de honestidad y capacidad de trabajo. Se trata de poder tomar las riendas de una situación y llevar las cosas a puerto seguro.
En los tres debates que han enfrentado a los dos candidatos a la presidencia de Estados Unidos, es prácticamente imposible determinar quién de ellos tiene las mejores soluciones para los problemas planteados. De hecho, a nadie se le ocurre que en noventa minutos se pueda plantear un problema, exponer las causas, mostrar soluciones a mediano y largo plazo, etc.
Pero los debates tienen eso: muestran a los políticos bajo presión, y ayudan al espectador a hacerse una idea de cómo reaccionará esa persona en el futuro, cuando, si llega a ser elegido para un cargo, se enfrente con situaciones inesperadas en las que se debe acertar no sólo con la mejor solución, sino liderar a todo un equipo en la resolución del problema.
Es interesante la cultura del debate. Ojalá que fuéramos valorándola también por estas latitudes. Por lo pronto, gracias a la tecnología allí están esos debates en Internet, para quien quiera utilizarlos como elemento de juicio a la hora de decidir su voto, o simplemente, aprender a debatir públicamente.
*Columnista de El Diario de Hoy.
carlos@mayora.org
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