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El viejo barrio
Alos hijos de los padres que se dicen adiós todo se les pone cuesta arriba. Antes de cumplir los 17 años, yo ya había vivido en Ilopango, Jocoro, Chapeltique, Santa Ana, Alajuela, Costa Rica, y Chiriquí, en Panamá. Fue una peregrinaje, no exento de apasionantes aventuras, por casas de abuelos, tíos e internados de secundaria.
Mi padre, joven y un tanto díscolo, se fue a vivir después del divorcio a un pequeño apartamento del Barrio Lourdes. Con mis hermanos le visitábamos en vacaciones. No éramos adolescentes todavía cuando descubrimos ese pequeño, pero intenso universo urbano.
Veníamos de la vieja casona del pueblo, donde todo era espacioso, los patios olían a guayaba y mango maduro, el aire era limpio y la maldad más grave de un niño era fugarse en pandilla para el río.
El Barrio Lourdes era otra cosa. A principios de los setenta, lindaba hacia el norte con la Terminal de buses de Oriente, la Avenida Independencia, el colegio Don Bosco, y un poco más allá, "La Celis", la legendaria calle de las putas. Hacia el sur, con unos apartamentos multifamiliares.
En las cantinas grupos de indigentes tomaban, con boca de nada, guaro macho. En las esquinas, a media mañana, se juntaban grupos de adolescentes despreocupados a conversar, oír música y fumar.
En las aceras muchos incautos eran estafados con el viejo truco de descubrir bajo cuál de las tres tapitas estaba la bolita. Pero también habían negocios honrados: la tortillería de la niña Mary, la arena de lucha libre, el comedor de la niña Chabe y la tienda de la niña Julia, donde se alquilaban todo tipo de paquines y fotonovelas.
Y nos fuimos haciendo de amigos: Rigo "Cara de Luna" y su hermano Lucio, dos tipos de cuidado; el "Cubano", un negrito parecido a Cassius Clay; Fredy, al que le decían Pelé por su habilidad para el fútbol; Julio y sus hermanos, cuyos padres eran las personas más generosas que he conocido en la vida.
Al final de la calle vivía una espiritista a quien también se le acusaba de ser oreja del Gobierno. La señora era visitada por muchas personas deseosas de hablar con parientes muertos. Su hijo, un sujeto de piel oscura, parecido a Pedro Navaja, que infundía respeto y temor. Tenía una hija adolescente, ojos verdes, piel blanca, pelo rubio con cuerpo de Barbie, que a todos nos cortaba el aliento.
Mi padre, casado en segundas nupcias, se fue del barrio. Pasaron guerras y años. Se vino la paz. Quería saber qué fue de aquellos que fueron parte de nuestras vidas en la infancia. Los de Chapeltique y Jocoro son maestros, agricultores, profesionales, comerciantes. Los de Costa Rica se dispersaron por el mundo como cardiólogos, pilotos, músicos, oficiales del US Army. Cosas así.
Pero ¿qué fue de aquellos cipotes alegres de gorrita y tenis rotos con los que jugábamos al fútbol en plena calle? Me topé con uno de ellos hace unos años. Me contó que todos sus hermanos se fueron para Estados Unidos. Él se quedó para cuidar a sus padres enfermos hasta que murieron. Por momentos el relato erizaba la piel.
A Rigo "Cara de Luna" y su hermano Lucio los mataron en líos de asaltantes. Otro simplemente desapareció. ¿Te acordás de la señora espiritista? Pues los guerrilleros la "ajusticiaron". A su hijo se lo tragó la tierra, y la nieta, la de los ojos verdes, se hizo prostituta. ¿Y el "Cubano"? Se metió al crack. Allí anda, el pobre, deambulando por las calles, pidiendo dinero para mantener el vicio. Y Así.
Pero no todos terminaron en la crónica roja. No. Julio es un próspero empresario y tiene una linda familia. Fredy se graduó de médico urólogo; Paulita es una abogada de mucho prestigio; Francisco es "contador público", me cuenta mi amigo con algo de nostalgia.
¿Tuvo algo qué ver el barrio con el fracaso de unos y el triunfo de otros? Indudablemente. Pero al final cada quien, con la ayuda de Dios, esculpe su propio destino. Prueba de ello son Julio y Fredy, los entrañables amigos del barrio.
*Columnista de El Diario de Hoy.
marvingaleas@grupo5.com.sv
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