OTROS EDITORIALES

Un corazón grande

Por Mario González* Sábado, 20 de Octubre de 2012

Mucha gente dice de los bondadosos que "tienen un gran corazón". Otros pueden tenerlo porque, con los rigores de la edad y las fallas cardiacas, este motor vital se ha ensanchado y cualquier cosa puede pasar.

Conozco a una persona que tiene ambas características: un corazón grande por su bondad y santidad, pero también porque el tiempo, 90 años, se lo ha hinchado y debe cuidarse más que nunca.

Hay personajes de la historia que hacían honor a sus apelativos, como el rey inglés Ricardo Corazón de León, que se dice que era justo y guerrero, así como William Wallace, Corazón Valiente, el bravo líder independentista escocés caracterizado por Mel Gibson en el cine.

A diario leemos en los periódicos y escuchamos en los demás medios que cuidemos nuestro corazón. Algunas personas creen que las afecciones cardiacas devienen sólo en infartos fulminantes ¡y a descansar para siempre!, pero no cuentan con que la hipertensión, por ejemplo, mina silenciosamente órganos vitales como los riñones. Por eso, muchos de repente aparecen con padecimientos renales crónicos.

Los hipertensos tienen que estar tomando una pastilla diaria para regularlos. El problema es que la mayoría se descuida, deja el tratamiento y de repente viene la enfermedad, que puede resultar muy larga, penosa, agobiante, y no necesariamente una muerte dulce, en el lecho. Esas pastillas "son sus angelitos", le recuerdan algunos médicos a sus pacientes.

Por eso decimos que es importante cuidar la salud del corazón en lo físico, pero también lo es en lo espiritual.

Con tanta violencia y materialismo me pregunto si cada día nos preocupamos por la salud espiritual de nuestro corazón, que es de donde salen todos los males, según el Buen Libro.

El rey David, con todo su poder y la predilección divina de que gozaba, le pedía a Dios que le diera un corazón puro.

Cada día nos esmeramos en ir al gimnasio para moldear nuestros cuerpos y fortalecer nuestros sistemas circulatorios, pero no hay tratamiento para el corazón, cuyas heridas son las más letales a veces: no sabemos perdonar, vivimos de resentimientos y hechos pretéritos, pasamos atados a la intolerancia, la envidia y la mezquindad.

En este punto es válido decir que se engañan a sí mismos quienes piensan que pueden dañar, sorprender o burlarse de otros con la mayor impunidad, pues lo malo que sale del corazón y se hace a los demás vuelve a nosotros, así como cuando hacemos el bien podemos recibir bondad. Se engaña quien te engaña, dice la sabiduría popular. En cambio, quienes han entregado su corazón por una causa, por una aspiración, por un ideal o por una buena amistad, tendrán asegurada su recompensa aunque no la busquen, porque "Dios honra a quienes lo honran", me enseñó mi abuela.

El mismo Dios tiene corazón. Jesús le decía a sus discípulos que aprendieran de Él, que es "manso y humilde de corazón".

A veces quisiéramos poder sacarnos el corazón para mostrar nuestra autenticidad, sobre todo a nuestros hijos, nuestras familias, nuestros amigos, nuestra Patria. Por eso se acostumbra que nos pongamos la mano en el pecho, a la altura del corazón, cuando cantamos el Himno Nacional.

Qué bueno es sentirse tan bendecido con la satisfacción del deber cumplido y decirle a los demás: pongo mi corazón en la mesa por ustedes… La gran promesa y el mejor de los premios es que "bienaventurados son los limpios de corazón porque verán cara a cara al mismo Dios".

"Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón…".

*Editor subjefe de El Diario de Hoy.

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