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El último año y medio
En los primeros dos años de una administración es muy fácil que los presidentes sientan que su poder va a ser eterno. Algo de este sentimiento se mantiene durante el tercer año. Pero en algún momento del cuarto año, que es el que estamos viviendo en la administración del Presidente Funes, hay un cambio súbito en la perspectiva, y el final, antes tan lejano, comienza a acercarse a una velocidad creciente. Dependiendo de lo que el Gobierno haya invertido durante los primeros tres años, este último período puede traer las cosechas de lo sembrado, o volver evidente la negligencia del Gobierno cuando no ha sembrado nada, o muy poco.
El presente Gobierno estuvo paralizado en sus primeros tres años y hasta ahora por varias razones.
Primero, por pura incompetencia. Los ministerios y las oficinas se llenaron de personas que nunca habían ocupado un cargo público, que no tenían la educación necesaria para desempeñarlo, y que tenían una visión totalmente distorsionada de lo que son las políticas públicas y cómo tienen que diseñarse para que sean efectivas. Usando una expresión del Presidente mismo, muchos pensaban que "era como soplar y hacer botellas".
Segundo, porque muchos de los que arribaron al Gobierno estaban dominados por rabias y resentimientos, y los dejaron salir en cuanto tuvieron algo de poder. Sin preparación y dominados por sentimientos negativos, orientaron sus acciones a destruir lo que les había causado los resentimientos, no a construir el progreso del país. Confundidos entre lo que es hablar y hacer, se dedicaron a insultar al sector privado (que somos todos los que no trabajamos en el Gobierno) en vez de trabajar para que éste funcione mejor. Detestando a los inversionistas, orientaron sus acciones a "castigarlos", para luego lamentarse de que no invierten.
Tercero, por la falta de un programa de Gobierno. La administración ha proveído muchos slogans, muchos temas publicitarios, pero nunca un plan claro de lo que pretendía hacer, obviamente porque nunca lo supo.
Cuarto, por prepotencia y el aparejado deseo de consumir artículos de lujo. Desde que llegaron, muchos funcionarios se deslumbraron con los honores y los bienes y servicios que pueden comprarse con los enormes fondos con los que cuenta el Estado (los ingresos totales más donaciones del sector público no financiero fueron 4,400 millones de dólares en 2011) en vez de ver las cosas que pueden hacerse con esos recursos para beneficio del pueblo. Así, lo que el pueblo vio de cambio en los primeros tres años y hasta ahora ha sido la aparición de más carros de lujo en grandes caravanas, de más luces centelleando en sus techos anunciando la importancia de gente, que sin sus cargos de Gobierno no tendrían la más mínima importancia, de más viajes de helicóptero, de más viáticos y pasajes para lugares lejanos y exóticos, y de más cuentas por cenas, güisquis y viandas de lujo, mientras hay menos medicinas en los hospitales, más problemas sociales y más hoyos en las calles.
Ahora que el Gobierno está entrando a su recta final, no tiene más para enseñar que las caravanas y el desorden institucional que él mismo ha causado por su incompetencia, sus resentimientos, su falta de programas y su prepotencia. Ya tan avanzado en el período, suena cada vez más ridículo el pretender que los problemas que han aparecido por las deficiencias del Gobierno mismo se deben a "los veinte años de ARENA". Y ya le queda poco tiempo para remendar este triste desempeño. Pero algo debe hacer, especialmente porque hay grandes problemas que se avecinan en el entorno económico internacional.
Por lo menos el Gobierno debe abandonar el estilo agresivo que por expresar resentimientos pasados ha mantenido dividido al país política y económicamente, deteniendo la inversión que se necesita para crecer. Si ya no pudo hacer nada por el país, que por lo menos no siga obstaculizando su progreso.
*Máster en Economía,
Northwestern University.
Columnista de El Diario de Hoy.
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