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Arquero a tu blanco
En el libro "De parte de la princesa muerta", de Kenizé Mourad, la periodista francesa escribe sobre su madre, la princesa Selma, descendiente del último sultán de Turquía. En uno de los capítulos en los que relata unos actos protocolarios, durante la infancia de su madre, habla de una ceremonia entre altos dignatarios, y se lee lo siguiente: " …resuenan ahogadas las frescas risas de las mujeres, se muestra entre ellas al jefe de las fuerzas alemanas, el general Liman von Sanders, que por su envaramiento y su aire altanero, parece la caricatura de un oficial prusiano". "Parecer la caricatura de …", es una figura que en el mundo de las artes es fácil de entender. Son numerosas las obras literarias en las que los personajes son una representación burlesca de un ideal; el más conocido quizás, el famoso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Este fenómeno también es conocido en el ámbito de la medicina o más bien de la salud mental o mejor dicho, de la falta de salud.
La Antropología ha descrito ya, cómo el hombre tiende a caer de forma recurrente en el grave error de forjarse una imagen de sí mismo, que es no sólo falsa, sino lejana a su realidad cotidiana. El arduo esfuerzo de someterse al tirano que es la imaginación, y el costoso --no sólo en energías, sino también en medios económicos, tiempo, representaciones cuasi teatrales, entre otros-- mantenimiento de dicha condición a lo largo del tiempo, termina por causar estragos que sí son reales.
Nada tiene de malo el querer llegar a ser alguien. De hecho, el hacerse, es labor personal diaria. Ya decía Aristóteles que los hombres son arqueros que buscan el blanco con sus vidas. Lo que hay que tener claro es que la puntería puede alterarse si se dirige la mirada al blanco de lo demás: del amigo, del vecino, del compadre, o peor aún, del actor, o demás. El quid es que cada quien ha de llegar a ser aquella persona llamada a ser, situación que tiene que ver con las realidades diarias, sencillas, como el trabajo profesional y la propia familia; lo que se considera a veces como escondido y sin brillo; como los servicios que se prestan en el hogar, entre compañeros laborales o amigos y no con ocasiones dramáticas como los grandes ensueños o los idealismos irrealistas. Y más aún: las luchas que van más allá de nuestra realidad, en las que lo que representa son libretos de Hollywood, en los cuales lo cotidiano da paso a lo excesivo.
El tener que sostener una figura caricaturesca, por un ideal auto-impuesto o peor aún, sugerido por los demás, hace que se pierda la oportunidad de conocer la propia misión de la existencia. Esa condición que siendo única e irrepetible, llevamos impresa, de forma personal, y hemos de forjar a fuego, por justicia. Porque no hay alegría verdadera fuera de ella, y sobre todo, porque sin lucha diaria, no hay paz. Lo demás es una gloria vana, o vanagloria; es una vida que discurre a la sombra de la propia verdad. Por eso son siempre buenos compañeros de viaje la pregunta sincera y la respuesta veraz, con las que cada uno ha de enfrentarse a diario, para descubrir si ese día en concreto, el camino del hacerse, ha sido recorrido sobre el sendero empedrado, que ha de llevar a ser quien uno ha sido llamado a ser, o no.
Porque pocas cosas hacen al hombre más libre, que el aceptar que se ha equivocado y volver a rectificar. Detenerse, repensar y escoger. Apuntar y volver a tirar, al blanco propio, sin mirar siquiera el de los demás. El que así actúa, se aplica a sí mismo una vacuna eficaz, que actúa contra la falsedad, contra la incertidumbre y contra la tristeza.
*Colaboradora de El Diario de Hoy.
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