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La conciencia de nuestros diputados
Mientras más lo pienso más persuadido estoy de que la conciencia es uno de los tres ámbitos fundamentales sobre los que descansa la dignidad humana. Junto a ella, el derecho a la libertad y el amor por la verdad constituyen ese "triunvirato" de valores sin los cuales es imposible diseñar una ruta coherente hacia el desarrollo integral de las sociedades modernas. Creo firmemente que el futuro del mundo no será mejor de lo que es nuestro presente, si no somos capaces de explicarnos qué es la libertad, cómo se forma la conciencia y qué implicaciones tiene la existencia de la verdad.
Puesto que la conciencia es esa instancia racional cuyos juicios provienen de la verdad sobre el bien y el mal moral, es lógico que llamemos "libertad de conciencia" al discernimiento libre y sin coerción que hacemos los seres humanos para determinar si algo es correcto o no. Es la conciencia la que nos dicta actuar conforme a nuestra escala de valores y es mediante la voluntad que ejecutamos acciones congruentes con esos valores. Es así como alguien conquista la coherencia y obtiene, en un concepto extraído del cristianismo, la "unidad de vida".
Por tanto, a las personas nos asiste el derecho de actuar conforme a nuestra conciencia, y nadie puede obligarnos a ir contra ella sin lacerar significativamente nuestra dignidad humana. Pero las responsabilidades que trae consigo el apelar a esta instancia tan íntima incluyen también el deseo de formarla de verdad, porque hasta el racismo o el esclavismo podrían llegar a justificarse a partir de un supuesto "respeto a la conciencia de cada quien".
"Yo tengo que votar con mi conciencia", ha dicho recientemente el diputado Sigifredo Ochoa Pérez, con justa razón. De hecho, la saludable invocación del coronel al artículo 125 de la Constitución, que ordena a los legisladores representar "al pueblo entero" y no estar "ligados por ningún mandato imperativo", siempre es oportuna en los tiempos que corren.
No obstante la legitimidad inicial de su razonamiento, el diputado Ochoa Pérez no puede esperar que los ciudadanos que votamos en marzo pasado le otorguemos un respaldo ciego a su postura de independencia. Más bien es al contrario. Ahora que él asegura que votará "con su conciencia" es cuando más vigilancia habremos de ejercer sobre sus actuaciones en el pleno, habida cuenta de la extrema veleidad que algunas "conciencias" han mostrado en la Asamblea Legislativa en los últimos años.
Hemos de recordar que los diputados que hoy conforman GANA, al abandonar el partido por el que habían sido elegidos en 2009, apelaron también al artículo 125 de la Constitución y se declararon "independientes", alegando que en ARENA se les habían cerrado los espacios. La disidencia de estos diputados --doce al principio-- consumó un fraude injustificable contra los votantes y terminó abriendo una grieta que rompió al principal partido de oposición, planteando cuotas de poder que las urnas no habían otorgado.
Ochoa Pérez, que ganó una curul en los últimos comicios gracias a que los salvadoreños por fin pudimos marcar sobre el rostro de los candidatos, tendría mucho más complicado defender su "conciencia" si esta le llevara a votar sistemáticamente contra ARENA o a favor del bloque FMLN-GANA. Si los líderes del partido naranja nunca pudieron articular un argumento convincente que explicara por qué cometieron fraude contra sus electores en 2009, menos lo podría hacer hoy un diputado sobre cuya cara votó un respetable porcentaje de ciudadanos.
Se entiende que el coronel haya rechazado elegir a un declarado simpatizante del oficialismo para presidir la Corte Suprema de Justicia. Lo incoherente sería que se plegara, semanas después, a una agenda parlamentaria oficialista. Entonces surgirían dudas sobre la "conciencia" del diputado y habría que exigir la detallada investigación de su patrimonio al salir de la Asamblea. Con el voto ciudadano no se juega.
*Escritor y columnista
de El Diario de Hoy.
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