OTROS EDITORIALES

Ofrecer testimonios

Por Carlos Mayora Re* Viernes, 21 de Septiembre de 2012

Vivimos en una época con sobre información. Quienes se dedican al mercadeo, la educación o la política --es decir, para quienes la comunicación es la sangre de su trabajo--, encuentran cada vez más dificultades para transmitir mensajes clara y distintamente, pues su voz tiende a ser una más en un mundo de voces. Su propuesta una más en una oferta con inflación de ofrecimientos.

Debido al enjambre de reclamos contradictorios, cada vez se vuelve más difícil despertar interés, y una vez suscitado, captar la atención de los clientes, de los alumnos o de los electores. Transmitir información es muy sencillo, y más con la multitud de medios con que actualmente puede uno decir lo que quiere, pero comunicar --conectar-- con la gente es siempre más complicado.

Por supuesto que los profesionales de la comunicación ya han reparado en el asunto, y por eso --en esta sociedad híper comunicada-- buscan los mejores medios para su mensaje: cada vez utilizan menos argumentos, datos, razones, explicaciones, y más emociones, presentación de roles, evidencias. Se ha pasado de la retórica del convencimiento racional a la de la empatía.

Siempre transmiten ideas y razones, pero ya no más hablándole sólo a la inteligencia, sino haciendo lo posible para hablar también al corazón. Procuran comunicar ideas con rostro, testimonios vitales, atractivas trayectorias de vida, de esas que despiertan deseos de imitación o que muestran no tanto las "creencias" de un candidato político o su programa de gobierno --por ejemplo--, sino su ruta de vida. En mercadeo también: ya no sólo se explica un producto o se muestran sus ventajas, sino también la oportunidad de participar en la experiencia que su uso o posesión, proporcionan.

La comunicación, para decirlo en una palabra, es ahora asunto de contar historias. Descubrir personajes que muestren vívidamente las ventajas que su forma de actuar les ha reportado personalmente, y cómo les ha llevado a disfrutar, a lograr éxitos, a ser felices, etc.

Esto es especialmente valioso en la política, pues ante un conglomerado de electores que van desde la indignación a la indiferencia, pasando por la incredulidad o el cinismo, difícilmente puede ser eficaz un mensaje polémico, ideológico o excesivamente racional.

Ya no nos interesa lo que prometen que van a hacer con nuestros votos: más bien nos preocupa saber qué han hecho en su trayectoria pública (como políticos, empresarios, padres de familia, etc.), y juzgar a partir de lo hecho cómo podrían llegar a resolver nuestros problemas, si contaran con el favor de la mayoría de los votantes.

Los partidos deben tomar nota de que la barrera del desinterés civil está demasiado alta. Los ciudadanos debemos exigir que no nos hablen paja. Muchas, muchas personas están desilusionadas con las ideologías, pues se dan cuenta de que, sin importar de dónde digan que son (derecha, izquierda, centro izquierda, social democracia… etc.), son ya demasiados los políticos y los funcionarios públicos que una vez toman posesión de un cargo, se dedican primordialmente a su propio interés, y a asegurar su futuro económico.

Necesitamos testimonios de vida, no promesas ni programas. Hemos dejado de creer que por arte de magia la banda presidencial, el curul legislativo, la vara edilicia, o el sello que enviste a un ciudadano común y corriente en pieza de la maquinaria burocrática, transforman a las personas: nadie cambia de vida de la noche a la mañana.

Siempre con el riesgo de que nuestras emociones puedan ser manipuladas, que nos formateen el sentimiento como antes nos formateaban la inteligencia… Pero es preferible que se nos muestren trayectorias de vida (más fácilmente comprobables) como elementos de juicio, que huecas ideologías o vanas promesas.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org

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