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La trampa del populismo
Una de las más comunes trampas del populismo es sin lugar a dudas la demagogia, que se esconde tras el veleidoso nombre de "programas sociales". Con muy raras excepciones estos programas en América Latina, sólo sirven para aumentar el clientelismo electoral del partido de gobierno y mejorar la popularidad del mandatario de turno. En realidad no tienen ningún impacto estratégico en el combate a la pobreza.
Y no lo tienen porque no apuntan a incrementar las habilidades de los habitantes, ni a mejorar la infraestructura de la nación, sino a poner pobres parches a la pobreza, utilizando los siempre exiguos recursos del Estado. Y es que en realidad al populista no le importa mucho aumentar la capacidad productiva del país, sino conseguir las fotos para hacerse campañas de imagen. No es exagerado afirmar que es probable que tales campañas sean al final del día más costosas que el programa social mismo.
Los programas sociales basados en el asistencialismo demagógico tienden a construir una distorsionada percepción sobre el papel del Gobierno. Cuando se reparten zapatos o dinero, se proyecta una visión paternalista del Estado y sobre todo del gobernante. El presidente comienza a ser visto como una especie de papá que se saca la cartera y reparte unos billetes a sus hijos.
Pero es un papá que mantiene la casa en estado ruinoso y que además despilfarra el salario en juergas y lujos innecesarios. Entonces para mantener la imagen de buen padre y cierto nivel de dependencia de sus hijos les reparte dinero, aunque no se preocupe por pagarles un curso para que aprendan idiomas, por ejemplo, o de su rendimiento escolar en general.
El asistencialismo populista difícilmente sacará a una familia de la pobreza. Más bien al generar dependencia y no oportunidades el estatus de pobreza tiende a perpetuarse. Pero eso no le importa al demagogo. Lo que él pretende es comprar voluntades y asegurarse un nivel aceptable de aprobación en la próxima encuesta o votos para su partido en las próximas elecciones. Por ello no es de extrañar que sea al futuro candidato a quien el partido ponga a repartir cosas.
Alguien me escribió un día diciéndome que de nada serviría elevar la calidad de educación en las escuelas públicas si los niños van con hambre a las aulas. Y tiene toda la razón. Pero de nada le servirá a ese niño tener un par de zapatos al año y un vaso de leche diario, si al final de la secundaria, si acaso la termina, se encuentra con que casi no aprendió nada, ni tiene oportunidades en el entorno y tampoco los zapatos ni el vaso de leche.
Lo de repartir alimentos en las escuelas no es nada nuevo. Ya en tiempos de la Alianza para el Progreso se repartía en todas las escuelas públicas del país un vaso de leche, una ración de trigo y una galleta con queso. Luego bajo la administración de Armando Calderón Sol se impulsó el programa Escuela Saludable, en el que se repartía un tiempo de comida a los alumnos. El programa se mantuvo bajo la administración de Francisco Flores.
Pero el reparto tiene sentido si al mismo tiempo se aumenta la calidad en educación, se invierte en plantas y equipos y se busca la mejor forma de promover la inversión privada nacional y atraer la inversión extranjera. De esa manera se da el pescado, se enseña a pescar y se cultivan peces en el lago. Pero al populista sólo le interesa la parte del reparto en cuanto le provee material para la publicidad narcisista.
Un Gobierno serio y capaz debe invertir en elevar la calidad de las escuelas públicas, promover la enseñanza de idiomas e informática, generar la armonía social necesaria, respetar los contratos y la institucionalidad, no despilfarrar, invertir en infraestructura productiva, incentivar el espíritu emprendedor, atraer inversión extranjera y, por favor, hablar poco.
Sólo de esa manera ningún niño tendrá necesidad de recibir dadivas para ser objeto de la publicidad gubernamental.
*Columnista de El Diario de Hoy.
marvingaleas@grupo5.com.sv
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