OTROS EDITORIALES

Pinochet y Castro

Por Marvin Galeas * Miércoles, 5 de Septiembre de 2012

Uno ya se murió y el otro está por morirse. Tanto el uno como el otro ejercieron en mi generación una significativa influencia. La primera vez que oí hablar de Fidel Castro fue a mi mamá. Ella vivía fascinada con los reportajes que los periódicos y revistas publicaban sobre los barbudos de la Sierra Maestra.

Fidel Castro entró a La Habana cuando yo estaba naciendo. Pero tengo recuerdos de niño, de sus fotos con su gorra, su barba, su porte, con una paloma blanca parada en el hombro, dirigiéndose a la fascinada multitud. Recuerdo los teatrales ademanes y poses con los que acompañaba su discurso. Mi mamá decía que lo admiraba porque era guapo y porque era un luchador por la democracia.

Por lo mismo admiraba a John F. Kennedy. Bien pronto, mi mamá que se había casado siendo todavía una adolescente, se decepcionó de Fidel Castro. Resulta que el tipo sí era comunista y además, decía ella, ya instalado en el poder, no era tan guapo como parecía cuando estaba peleando en el monte.

Por mi parte seguí admirando a Fidel Castro en mi adolescencia. Había tenido las agallas de alzarse en armas contra el dictador Batista. Le cantaba cuatro claras al gobierno más poderoso del mundo; hablaba siempre a favor de la libertad y los pobres. Era a mi entender como un faro en una región del mundo dominada por sangrientas dictaduras militares y por elites económicas insensibles.

La figura y el mensaje de Fidel Castro encarnaban los ideales de una juventud que impactada por la guerra de Vietnam y hastiada de los viejos patrones conservadores, demandaba un mundo de amor y paz, justicia y armonía en donde predominaran los colores y las flores. Eran los tiempos cuando los Beatles decían que todo lo que se necesitaba era amor y pedían una oportunidad para la paz. Hasta la Coca Cola estaba de acuerdo con eso.

Supe por primera vez de Pinochet, como casi todo el mundo, cuando encabezó el golpe de Estado contra Salvador Allende. No era el joven guerrillero rebelde que bajaba de la montaña para deponer al tirano golpista. Era el viejo general condecorado, de charreteras y gafas oscuras, que daba el golpe a un presidente surgido de elecciones libres. Típico.

Poco después del golpe se informaba profusamente sobre los estadios chilenos convertidos en campos de concentración, los millares de exiliados contaban historias de terror: la cárcel, las torturas, los desaparecidos. Para la gran mayoría de mi generación Augusto Pinochet era el villano universal.

Pasaron los años. El campo socialista de naciones se desplomó como edificio en ruinas. Se acabó la Guerra Fría y los sangrientos conflictos regionales que originó. Y, tanto Fidel Castro como Augusto Pinochet, desaparecido el conflicto ideológico mundial, quedaron como desnuditos ante la historia y el análisis objetivo.

Más allá de las pasiones y las filiaciones ideológicas hay insumos para el análisis que no se pueden soslayar o manipular. Fidel Castro, el joven revolucionario de hace casi cincuenta años, se puso el verde olivo del dictador para quedarse de forma vitalicia en el poder, hasta transferirlo a su hermano. Prometió una democracia e instauró una dictadura, prometió libertad y convirtió la isla en una cárcel de la que se huye en balsas clandestinas.

Prometió prosperidad y multiplicó la pobreza. Acabó con el pluripartidismo y nunca llamó a elecciones libres. Hizo de Cuba lo que yo creía que Pinochet iba a hacer de Chile. Tras su muerte lo que legará es un país empobrecido material y moralmente.

Pinochet propició la apertura económica. Terminó convocando un plebiscito que perdió, lo cual abrió la posibilidad a una democracia. Tras su salida del poder y su muerte Chile es el país más democrático y próspero del Continente. Y sin embargo allí están los testimonios de los familiares de los torturados y de los desaparecidos y las pruebas de su corrupción.

Pinochet está muerto y Chile está vivo. Castro aún vive y Cuba se está muriendo. Sus legados están a la vista. Dictadores diferentes pero dictadores al fin y al cabo.

* Columnista de El Diario de Hoy.

marvingaleas@grupo5.com.sv

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