OTROS EDITORIALES

Adiós, Donna

Por Mario González* Sábado, 18 de Agosto de 2012

Siempre me voy a emocionar viendo la lluvia deslizarse por las ventanas y los árboles y escuchando a lo lejos la clásica "Winter melody" ("Canción de invierno"), en la voz de la inolvidable Donna Summer tocando las puertas de mis sentidos y mis más recónditos recuerdos.

Donna se fue el pasado mayo, al igual que Robin Gibb, uno de los famosos Bee Gees.

Siempre que escucho a Donna pasan por mi mente, como una película, los detalles de un El Salvador que comenzaba a sufrir los embates de la violencia fratricida, pero que se sobreponía a fuerza de trabajo, fe y esperanza.

Eran los años 70 y las fiestas juveniles de la época en los barrios se movían al ritmo del disco con Donna Summer, Gloria Gaynor, Barry Manilow y otros de sus principales exponentes que desfilaban por la Ensalada Musical de Canal 2 o por Cóctel Musical, de Canal 6, con Francisco Imendia.

La moda era ir vestidos con pantalones acampanados, camisas ajustadas, cabello largo y con patillas y saber estirarse, moverse y envaselinarse como John Travolta. Las muchachas buscaban parecerse a Farrah Fawcett u Olivia Newton John, con sus cabellos revueltos y abultados, con apretados "shorts" como la protagonista de los Dukes de Hazzard o más recatadas como la Charlie Angels Jaclyn Smith.

Mientras la juventud danzaba frenéticamente en las "partys", hombres de verde de la Guardia Nacional patrullaban con rigor algunos barrios en busca de delincuentes, marihuaneros y subversivos, y cuidado con caer en sus manos y experimentar sus "interrogatorios científicos". Es cierto que había una relativa paz, pero era a base de miedo.

Era el tiempo en que surgían nuevas colonias como Ciudad Merliot, en que los buses circulaban casi hasta la medianoche y que el pasaje de autobús urbano, con la flota azul y blanco, costaba 10 centavos. Prácticamente no había microbuses, sino que no se popularizaron hasta en los 80 ante la falta de buses de noche porque comenzaron a incendiarlos.

Los sucesivos gobiernos de Arturo Armando Molina (1972-1977) y Carlos Humberto Romero (1977-1979) trataron de sofocar con mano dura a los incipientes movimientos políticos de extrema izquierda y de guerrilla urbana, los cuales respondieron con secuestros de personas notables, atentados dinamiteros y despliegue de organizaciones de masas afines para tomarse las calles.

De hecho, a finales de 1978, monseñor Romero lanzó un dramático llamado: "Yo quisiera hacer llegar un grito a todo El Salvador que dijera: Navidad sin presos políticos y sin secuestrados".

Mientras, la salsa comenzó a engalanar las fiestas, primero con Willie Colón, Rubén Blades y Celia Cruz y luego con Fania All Stars, en cuyas letras se colaba también la protesta política.

Era un tiempo en que como adalides de las libertades y la revolución se mostraban los que ahora viven tan opulentamente como reyes, detentan el poder de la manera más absolutista y buscan socavar las instituciones, en abierta burla a todos los que dieron su sangre --en uno y otro bando--, para que hubiera democracia y tolerancia. Creo que si los que murieron peleando hubieran tenido visiones de lo que vendría después y de quiénes se favorecerían con su sacrificio, no hubieran entregado su sangre de manera estéril y por individuos tanto o más fascistoides como los que decían combatir.

Gracias, Donna, por traernos recuerdos de nuestros sueños e inocencia de entonces. Con versos del compositor cubano Silvio Rodríguez me salen ganas de decirte que "tú me recuerdas el prado de los soñadores, el muro que nos separa del mar si es de noche. Tú me recuerdas sentada ciertos sentimientos que nunca se sabe qué traen en las alas…"

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