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Qué no te haría
He tardado en ver el vídeo que le ha costado la destitución a la política costarricense Karina Bolaños. Pero al fin, como casi media humanidad, no me he librado de contemplar, no sin cierta vergüenza ajena, a la ex viceministra de Juventud del gobierno de Laura Chinchilla, luciendo palmito en una filmación casera para deleite sexual de un supuesto amante.
Sin pensárselo dos veces, Chinchilla exigió la dimisión de la funcionaria a pesar de que ésta aseguró que había realizado el vídeo hacía unos años. O sea, un error del pasado que, por otra parte, no es nada infrecuente en una época en la que las personas filman en sus móviles las tontunas más insólitas. Está visto que Bolaños aprovechó el sugerente escenario de una habitación de hotel para provocarle un ataque de priapismo a su enamorado. Y de la que se libró el hombre, pues tuvo mejor suerte que la almohada que estruja la ex ministra a la vez que proclama: "Si esta almohada fueras tú, qué no te haría".
A estas alturas resulta difícil analizar con objetividad si ha sido injusta o no la decisión de la presidenta de Costa Rica de añadir al escarnio público de Karina Bolaños el bochorno de ser despedida fulminantemente por una grabación de consumo privado, cuyo destino no era YouTube. Es verdad que para una figura pública no es fácil sobrevivir a la filmación en cuestión, pero no es menos cierto que un escándalo sustituye a otro y en la vertiginosa era de Internet lo que hoy es "viral" al cabo de unos días se confunde con la avalancha de estímulo visual a la que someten los usuarios. Es decir, si Chinchilla le hubiera restado importancia al asunto la propia sociedad "tica", que es pacífica y con un desarrollado sentido cívico, habría acabado por digerir el improvisado soft core.
Más que la opinión pública, que a fin de cuentas está compuesta por personas de carne y hueso proclives a dar un traspié, lo verdaderamente duro es meterse en la piel de Bolaños y preguntarse: "Para qué demonios me presté a contonearme en ropa interior frente a una cámara". Suele suceder con la ofuscación del deseo carnal: desde dentro y en el fragor el guión subido de tono y con banda sonora no chirría. Pero el sexo descontextualizado (imágenes sin sonido, por ejemplo) puede tener un efecto anticlimático. El vídeo de marras tuvo sentido aquella noche tórrida y de necesidades urgentes. Años después, sin embargo, ese performance de 57 segundos colgado en las redes sociales causa más sonrojo que fogaje. Algo similar a cuando se rescatan viejas fotos de un álbum en las que uno aparece con los cardados y hombreras de los años Ochenta. Ciertas cosas no resisten el paso del tiempo, en especial la memorabilia sicalíptica que muchos olvidan y que luego reaparece como un remake de Alien.
Lo que le ha sucedido a Karina Bolaños es mucho menos inusual de lo que la gente está dispuesta a admitir. Uno de los juegos eróticos más corriente es el de la mujer en el papel de gatita sumisa o geisha entregada, dispuesta a complacer en todo al macho dominante. De ahí a que Bolaños, mirando revoltosa a la cámara, proclama que toda ella y su cuerpo serrano son propiedad del anónimo objeto de su deseo. Basta con leer la trilogía de Cincuenta sombras de Grey, el bestseller del año, para comprender la vieja fascinación por la sumisión femenina ante el poderío masculino.
La historia de Karina Bolaños ya ha sido escrita y filmada hasta la saciedad con distintos grados (o si se quiere sombras) de voltaje sexual. En el caso de su grabación, el contenido es light y las expresiones son más cursis que picantes. Lo que la exime del fuego eterno es que no sucumbe a la inefable expresión de "papito".
Ah, las legiones de muchachas en flor que alguna vez posaron o participaron gustosas de una socorrida filmación erótica para el varón al que le juraron ser "toda tuya". Dicen que no hay mal que dure cien años. Ni vídeo que lo aguante. (Firmas Press).
* Twitter:@ginamontaner
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