Problemas inventados

Por Marian Vidaurri * Martes, 7 de Agosto de 2012

El Salvador ya tiene suficientes problemas como para inventarse nuevos. La terquedad de la pobreza y la desigualdad, así como la constante falta de seguridad ciudadana y la carencia de una ejemplar educación pública son algunos de los retos preexistentes al dilema institucional actual. La combinación de estos retos, y más, impiden que el país avance. Si el país ya tiene suficiente brecha que cerrar en materia social, económica y democrática, entonces, ¿para qué inventar y materializar nuevos problemas?

La crisis entre los poderes del Estado que experimenta el país es un problema fabricado por los políticos. Y la solución también la tienen ellos mismos. Mientras que discuten, por debajo de la mesa, cómo arreglar el enjambre que ellos procrearon (algunos adrede y otros al no evitarlo), se pierden energías, tiempos y recursos políticos y públicos para atender los retos que enfrenta el pequeño, pero intenso país. Mientras se prolonga esta situación, se erosiona la imagen del país en el exterior y la de los políticos ante la población.

Lo más cómodo para cualquier individuo es evitar los cambios repentinos. Los políticos no son la excepción y por ello quizás decidieron ingeniarse que la elección de los magistrados del año 2009 no era aceptable. Quizás le pareció a cierta parte de la elite legislativa quitar a "los fantásticos" antes de tiempo, y así impedir futuros cambios inesperados e inconvenientes.

Por eso la pregunta que muchos se hacen, de qué tan grave es la situación actual en El Salvador, es interesante. En estas ocasiones la comparación se convierte en una herramienta útil. El Salvador no se encuentra –hasta el momento– en una encrucijada entre el autoritarismo y la democracia. Si la democracia salvadoreña sobrevivió la transición presidencial a un partido fan de la revolución y no tanto de la democracia, quiere decir que el sistema de libertades es más fuerte de lo que se pensaba. Los países que están en situaciones más tétricas son, por mencionar algunos: Siria (insisto), Cuba, Corea del Norte, Afganistán, Libia, Sudan del Sur y Yemen. En Centroamérica el caso de encrucijada entre sistemas lo vivió Nicaragua, y ganó el autoritarismo –o lo que es más políticamente correcto escribir, "la democracia de fachada".

El Salvador se encuentra en otro momento y a otro nivel de complejidad: está entre sus problemas reales y los creados por los políticos. La "crisis institucional" del país es un problema propio de una democracia, donde las reglas y los procesos maduran, se afinan y mejoran. Los políticos tienen que madurar al mismo paso que madura el sistema democrático salvadoreño. Si se quedan detrás, encaprichados con el status quo que dominó por tres décadas, jalan al país para atrás. A diferencia de la clase política, la sociedad civil ha madurado y se ha hecho robusta al mismo ritmo que lo hace la joven democracia. La respuesta de la sociedad civil ante la crisis actual es símbolo de una sociedad informada y cero sumisa a las decisiones políticas.

Hay problemas preexistentes, estructurales, reales, graves y muchos que se trasladan de quinquenio a quinquenio: las maras, el crimen organizado, el desempleo, los servicios públicos deficientes, un Estado en quiebra, un panorama económico mundial desalentador y la corrupción, entre otros.

No es necesario inventar más dificultades para el país. La burbuja nacional consume, y parece que absorbe más aún a la clase política. Es importante que los políticos salgan de su burbujita, no cedan al juego de poder y pronto atiendan la larga lista de retos de El Salvador.

* Columnista de El Diario de Hoy.

Twitter:@marianvidaurri

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