Estadistas

Por Luis Mario Rodríguez R.* Sábado, 4 de Agosto de 2012

La crisis institucional nos ha mostrado que en El Salvador existen "negociadores" pero tenemos escasez de estadistas. Quienes intentaron mediar fueron descalificados y otros al asumir ese papel, no dieron muestras claras de la imparcialidad requerida. Una nación sin referentes morales no tiene brújula. En cuanto surgen las vicisitudes, los involucrados discuten ensimismados los posibles remedios y creen que el desenlace depende exclusivamente de sus opiniones. No reparan en que los obstáculos pueden provenir de su propio seno y consideran cualquier crítica como un rechazo a sus propuestas. No escuchan razones y si el grado de polarización es alto, corren a ideologizar cualquier dictamen contrario al suyo. De seguir por esa ruta, el "aislacionismo" de los distintos sectores profundizará las diferencias y será difícil encontrar la ruta para el desarrollo y una sola visión de país.

Para los partidos políticos, sus fundadores han constituido modelos de actuación. Lamentablemente no se han preocupado por respaldar a otros, que fuera de sus filas, podrían asumir el papel de unificadores en circunstancias difíciles que pongan en riesgo la gobernabilidad democrática. Schafik Handal, Roberto d'Aubuisson, Guillermo Manuel Ungo y Napoleón Duarte, resuenan en las asambleas partidarias y hacen vibrar a quienes anhelan retornar a los tiempos de aquellos líderes que aclaraban el rumbo y el destino de los institutos políticos. Sin embargo, el país necesita hombres y mujeres del presente, no del pasado ni del futuro que aún no llega. Se requieren personajes que fijen su vista más allá de los partidos y la dirijan a la solución de los grandes problemas nacionales. Esta ausencia impide que situaciones tan sencillas a la luz del derecho se transformen en coyunturas muy complejas frente a lo político.

Las transiciones más importantes en el mundo han contado con protagonistas cuyos atributos singulares desentramparon guerras mundiales, disputas étnicas y raciales y conflictos civiles cuya causa se atribuyó a las desigualdades sociales. En Sudáfrica, Mandela aprovechó el cautiverio de más de un cuarto de siglo para aprender el idioma de sus adversarios, se preocupó por entender sus anhelos y fincó en su conciencia el firme propósito de no guardar rencor contra los que atentaron contra su libertad. Nuestra propia historia testimonia esa realidad. Concluimos la guerra donde la ley se ignoraba y las instituciones no importaban. Y ahora, con un orden jurídico establecido y un sistema político en constante evolución, no nos es posible exigir el cumplimiento de la ley representado en las sentencias de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia.

La ausencia de protagonistas objetivos ha prolongado la disputa y en ese escenario se echa de menos a la "Jefatura de Estado". España personaliza esa figura en el Rey, cuya presencia desactivó en 1981 el intento de golpe de Estado contra la investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo. No se trata de reformar nuestra forma de gobierno para encontrar la figura del "mediador perfecto". Lo imprescindible es fomentar el respeto por quienes sin interés partidario, sindical o gremial, deciden involucrarse en la búsqueda de un acuerdo que principalmente intente restablecer el orden constitucional.

En su libro sobre "la diplomacia", Henry Kissinger describió la diferencia entre la perspectiva de un analista y la de un estadista. "El analista puede elegir el problema que desee estudiar, mientras que los problemas del estadista se le imponen. El analista puede dedicar todo el tiempo que juzgue necesario para llegar a una conclusión clara; para el estadista, el desafío abrumador es la presión del tiempo. El analista no corre riesgos. Si sus conclusiones resultan erróneas, podrá escribir otro tratado. Al estadista sólo se le permite una conjetura; sus errores son irreparables. El analista dispone de todos los hechos; se le juzgará por su poder intelectual. El estadista debe actuar basado en evaluaciones que no pueden demostrarse en el momento en que las está haciendo; será juzgado por la historia según la sabiduría con que se haya enfrentado al cambio inevitable y ante todo, por lo bien que haya conservado la paz".

Al finalizar el episodio de la Sala, conviene reflexionar sobre mecanismos, instancias y personas de las que se pueda echar mano para encontrar soluciones ágiles, legales y correctamente políticas cuando surjan nuevos conflictos. Los análisis que recojan esta y otras experiencias serán imprescindibles, pero la prioridad más importante es la de encontrar verdaderos estadistas.

*Columnista de El Diario de Hoy

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