Muchedumbres solitarias

Por Carlos Mayora Re* Viernes, 3 de Agosto de 2012

No dejamos de sorprendernos. Ante la violencia en general, pero, en particular ante la terrible matanza que James Eagan Holmes perpetró hace unos días en un abarrotado cine en Colorado.

A la fecha se ha escrito y especulado mucho acerca de los motivos que un hombre como él habrá tenido para disparar a diestro y siniestro contra una multitud de personas inocentes. Su biografía no presagiaba en absoluto que fuera capaz de hacer una cosa tan horrorosa. No han faltado quienes culpan al sistema social y exculpan al asesino, como tampoco los que apoyándose en su licenciatura en neurociencias y su historial académico, que evidencia una notable capacidad intelectual, creen que ese estudiante solitario padecía una locura silenciosa, que estalló de la manera que lo hizo.

Su falta de antecedentes penales, o su nula vinculación con algún grupo terrorista, no hace sino complicar más las cosas y abrir más interrogantes.

Por ello, las condiciones sociales en que creció y fue educado tienden a ocupar un lugar importante entre las consideraciones de los analistas, y la respuesta a la pregunta acerca de por qué una sociedad como la norteamericana sigue incubando en su seno asesinos de inocentes, cobra cada vez más importancia.

Buscar coincidencias entre esos muchachos --siempre son hombres--, enajenados y violentos, podría arrojar cierta luz acerca de los motivos que les llevan a matar.

En casi todos los casos aparecen como solitarios. Independientemente de que vivan o no con su familia, siempre son identificados como personas retraídas, asociales más que antisociales, acomplejados en su forzada soledad. En cierto modo, son producto de los valores y tendencias que se fomentan en las sociedades más desarrolladas.

Para empezar por los datos, en un estudio de 1995, cuyo sugerente subtítulo es "Los solitarios son el futuro", Robert Putnam establecía que treinta y un millones de norteamericanos viven solos (es decir, uno de cada siete), el veintiocho por ciento de todos los hogares tienen un solo inquilino, el veinticinco por ciento de los norteamericanos crecen en hogares monoparentales, los vínculos establecidos por las familias (los más sólidos para conectar a las personas) cada vez más son efímeros y cambiantes, etc.

Lo anterior para hablar de los síntomas, sin embargo, lo más interesante para comprender lo que está pasando es buscar las causas. Putnam establece que los valores de compromiso, comunidad y vinculación con los demás se han ido debilitando cada vez más en las últimas décadas, produciendo una multitud de personas solitarias. La idea de que cada uno crea sus propias verdades, en lugar de recibirlas de la familia y de la tradición ha ido fortaleciéndose más y más.

A fin de cuentas responsabiliza a Stuart Mill, concretamente su idea ampliamente aceptada de que en la sociedad moderna cada uno debe poder hacer lo que le dé la gana, siempre que no dañe a los demás. Según otros autores, esa exaltación de la soledad y de la autodeterminación que hace a las personas libres de los valores morales, de la tiranía de la opinión pública y los discursos moralizantes, sería la verdadera causa de la felicidad de las personas.

Al leer lo anterior, viene a la memoria el clásico Aristóteles, cuando establecía que la naturaleza misma de los seres humanos es social, política; pues, decía, el que vive solo no es ser humano, es un dios o una bestia.

Lamentablemente, en las sociedades fundamentadas en el individualismo como ideal de felicidad, se demuestra que tiene razón: sólo una bestia puede matar irracionalmente, matar por placer. Sin embargo, alguien podría aducir, las bestias no matan así… Más a mi favor, le contestaría entonces el viejo filósofo.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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