OTROS EDITORIALES

Reflexiones sobre un mal proyecto político

Por Federico Hernández Aguilar* Martes, 31 de Julio de 2012

La democracia se fortalece a través de las alternancias políticas y los recambios generacionales. Ni los totalitarismos ni los caudillismos son compatibles con el sistema democrático, en el que las ambiciones personales deben estar supeditadas a los progresos institucionales. Fueron sabios los diputados constituyentes de 1983, los que discutieron y redactaron nuestra Carta Magna, al prohibir la reelección presidencial continua y sólo permitirla en periodos alternos.

El liderazgo político se prueba en el ejercicio activo del poder, no hay duda, pero también se revela en la capacidad de un líder para aceptar que el poder no es (ni debe ser jamás) eterno para nadie. Con excepciones que respondieron a circunstancias muy específicas de época y lugar, los grandes líderes políticos se caracterizaron por haber resistido a la tentación de creerse imprescindibles. Aunque una feliz combinación de talento y coyuntura los haya empujado, en un momento específico, a la cumbre del poder, también fueron capaces de soltar ese poder cuando las cambiantes realidades lo demandaron.

"Por muy alto que sea el trono", escribió Montaigne, "recuerda que siempre estás sentado sobre tu trasero". Esta frase, que deberían tener presente todos los enfermos de poder, describe perfectamente la condición real de aquel que, por mucho que crea elevarse por sobre los demás, invariablemente se acomoda sobre una de las partes más pudendas de su cuerpo, la misma parte que sirve para sentarse… o para recibir patadas.

Estoy personalmente convencido de que no le hace nada bien a nuestra democracia que haya un ex presidente de la República pretendiendo regresar al poder. Ese voluntarismo suyo, si es tan fuerte como dicen, le hace tanto daño al país como a él mismo, porque ninguna apetencia por el mando debería obnubilar tanto la mente de una persona como para llegar a persuadirla de que su vigencia política es inalterable.

Jamás olvidaré lo que semejante nivel de desconexión de la realidad provocaba en algunos personajes que pululaban alrededor de Tony Saca y Rodrigo Ávila, durante la campaña presidencial de 2009. Uno de los más cercanos colaboradores del mandatario saliente se había convertido en una especie de "guardia pretoriano" del candidato, y en cierta oportunidad que tuve de platicar con él, faltando todavía varios meses para los comicios, intenté hacerle ver que la campaña de ARENA se dirigía a una derrota histórica. La respuesta del tipo me dejó helado: "No te confundás", fueron sus palabras. "Quien compite contra Funes no es Rodrigo, sino Tony. Y es imposible que Tony pierda".

La potestad de dar vista a los demás está fuera de mis posibilidades, pero creo que hasta el ciego curado por Jesús tenía el deseo real de ver lo que tenía enfrente antes que el Divino Maestro interviniera. ¿Es que se le pueden abrir los ojos a alguien que prefiere mantenerlos bien cerrados? Rodrigo Ávila perdió las elecciones de 2009 desde el día que fue elegido candidato, no sólo por las evidentes flaquezas de su candidatura o por las fortalezas de Mauricio Funes como opción de cambio, sino porque quienes dirigieron la campaña de ARENA se engañaron pensando que Tony Saca y su popularidad les garantizaban el triunfo. Y esa desconcertante negación de la realidad fue lo que hizo que el FMLN llegara al gobierno, con las consecuencias que conocemos.

Ignoro de dónde salen los números alegres que permiten a los simpatizantes del ex mandatario atribuirle un arrastre electoral que a todas luces no tiene. Tampoco entiendo por qué asumen que los militantes oficialistas le entregarían el voto a Saca en una muy hipotética segunda vuelta presidencial, como si tal cosa no relegara al FMLN a la tercera posición. Lo que sí tengo claro es que los síntomas de obnubilación que vi hace tres años han vuelto a tomar posesión de algunas mentes febriles. Y me pregunto: ¿Será más sensato el propio Tony Saca?

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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