OTROS EDITORIALES

Artículo 183

Por Juan Valiente* Martes, 19 de Junio de 2012

La política siempre me ha fascinado, especialmente porque creo que hay posibilidades de ayudar a muchas personas a través de su ejercicio correcto y justo. El término política proviene del griego politikós, que quiere decir "del ciudadano", "del Estado" o "relativo al ordenamiento de la ciudad". Es una forma de ejercer el poder con el objetivo de conciliar en beneficio de todos los intereses de cada una de las partes en una sociedad.

En este país, sin embargo, es fácil desencantarse de la política. Incluso la misma palabra la tenemos estigmatizada como algo sucio o pecaminoso. Cuando pensamos en política, pensamos en los políticos y especialmente en aquellos ejemplos vergonzosos del pasado y del presente por corruptos, mentirosos, charlatanes y vividores. Es triste que los malos ejemplos no nos dejen ver los buenos y que puedan borrar el entusiasmo de nuevas generaciones a apostarle a la política para cambiar al país.

Las luchas de poder suelen también ser un ejemplo de lo malo de la política, especialmente cuando siguen pasos maquiavélicos. Siempre habrá luchas de poder y lo bueno es que revelan la verdadera naturaleza de las personas y de las instituciones. Sus declaraciones dejan entrever sus verdaderas motivaciones. Hasta sus posturas y sus rostros hablan de lo que son y de cómo son. Y, aunque ahora escribo del tema de la Sala de lo Constitucional y la Asamblea Legislativa, estas reflexiones también aplican a los que están ahora peleando por ser candidatos de los partidos.

Mi inclinación natural es a desconfiar profundamente de quiénes busquen mesiánicamente el poder. Alguien que cree que es el ungido y tiene absoluta certeza de ser el único que podrá sacar al país adelante, puede tener grandes debilidades de carácter y posiblemente oscuros intereses personales. Las realidades del mundo actual requieren de una persona que pueda construir un equipo y cuyo liderazgo y propia luz jamás oscurezca los liderazgos y propias luces de los miembros de su equipo. El país necesita un nuevo tipo de liderazgo. Ojalá que los partidos políticos lo entiendan pronto.

El caso del innecesario entrampamiento que la Asamblea está haciendo de las sentencias definitivas de la Sala de lo Constitucional es otro ejemplo de una ingrata y lamentable lucha de poder. El artículo 183 de nuestra Constitución dice: "La Corte Suprema de Justicia por medio de la Sala de lo Constitucional será el único tribunal competente para declarar la inconstitucionalidad de las leyes, decretos y reglamentos, en su forma y contenido, de un modo general y obligatorio, y podrá hacerlo a petición de cualquier ciudadano".

Uno esperaría que los funcionarios públicos fueran ejemplares en el cumplimiento de las leyes. Después de las elecciones de diputados y alcaldes, debemos preguntarnos cuántos ni siquiera han entregado su declaración patrimonial. Fue triste enterarnos que algunos ni siquiera podían asumir sus funciones por estar en mora en sus obligaciones como padres. Ya no se diga del espectáculo del diputado Samayoa. ¿En manos de qué calidad de personas estamos poniendo al país?

La mayoría de los señores diputados siguen pensando que el violentar el orden institucional no les daña. No sólo les hace un daño evidente a ellos, sino que lamentablemente dañan también al país. Ir a la Corte Centroamericana de Justicia ha sido una torpeza. A pesar de ser discutible su competencia, ciertamente dice en el artículo 22 de su protocolo que puede conocer y resolver conflictos entre los poderes u órganos de los Estados "cuando de hecho no se respeten los fallos judiciales". ¿Y quiénes, señores diputados, no están aceptando los fallos judiciales? Esta lucha de poder está revelando su verdadera naturaleza. Ojalá todavía tengan un poco de dignidad para dar marcha atrás.

* Columnista de El Diario de Hoy.

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