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La gran decisión
En esta fecha han sido ya tres años de gran decadencia institucional, económica y política. No es que la decadencia comenzara en estos años. Es que ha sido en ellos que todas las dimensiones de la vida nacional han decaído al unísono.
La descomposición institucional y política habían comenzado ya hace bastante tiempo con el avance del populismo en la derecha y en la izquierda, con la polarización ideológica y el chantaje que esta posibilitaba --el chantaje de los políticos que decían a la derecha, "tienes que aceptar que destroce la institucionalidad del país porque si no soy yo va a ser un comunista", y a la izquierda, "tienes que aceptar que destroce la institucionalidad del país porque si no soy yo va a volver a ganar la derecha".
En este proceso de polarización los que perdieron no fueron los políticos de la derecha o de la izquierda --ellos están todos allí, juntitos, disfrutando de los caviares del poder--. Lo que se destrozó fue la institucionalidad del país, o la posibilidad de que se desarrollara como había comenzado, muy imperfectamente, a suceder. Y los que hemos perdido somos la ciudadanía entera, de derecha e izquierda. Todos. Por brutos.
Los prospectos futuros no son muy alentadores. La idea de que el populismo es inevitablemente triunfador se ha impuesto en nuestra clase política por tres razones: Primero, porque, desgraciadamente, nuestros políticos se han quedado muy atrás en los tiempos, y todavía viven con la sicología de la política pueblerina, bajera, la de los politicones que gustan de andar en carros de lujo insultando oponentes y otorgándose privilegios a ellos y a sus amigotes. Sólo eso pueden hacer. Algunos ni siquiera pueden leer funcionalmente. Esta es la razón de los olmos, a quienes no hay que pedirles peras.
Segundo, porque hay razones poderosas que vuelven racional para las cúpulas de los partidos rodearse de los que no tienen ideas ni ganas de producirlas. Si fueran diferentes, no obedecerían ciegamente, y las cúpulas no podrían hacer lo que les da la gana. No podrían usar la polarización para perpetuarse en el poder.
Tercero, las ventajas políticas del populismo son directas e inmediatas, y las desventajas son indirectas y toman más tiempo en volverse obvias. Además, las políticas serias toman más tiempo y esfuerzo para ser explicadas y entendidas.
Pero la verdad es que el populismo no es ni inevitable ni triunfador. Sólo lo es en los pueblos ignorantes. Y aun en ellos tiende a fracasar porque la gente, aunque no entienda los beneficios de políticas serias, sí sufre y entiende las farsas de los populistas. Los dos gobiernos populistas de los últimos treinta años perdieron el poder en la siguiente elección --los de los expresidentes Duarte y Saca--. El partido oficial del tercer gobierno populista, el actual, ya sufrió una derrota en las elecciones de alcaldes y diputados y está encaminándose directamente a una derrota peor en el 2014. Esto debería de convencer a todo mundo de que el populismo es el camino a la derrota. Pero las limitaciones que enumeré arriba vuelven muy difícil cambiar. De los políticos no esperemos que tomen la iniciativa.
La solución de la sociedad salvadoreña es, sin dejar de exigir al Gobierno, comprender que los políticos son sólo un reflejo de nosotros, de lo que hemos aceptado en nombre de una polarización falsa, de lo que hemos preferido sufrir en vez de tener a alguien de derecha o de izquierda cuando una institucionalidad fuerte, no un sinvergüenza chantajista, es la mejor protección contra la tiranía de cualquier signo.
Si la sociedad cambia, los políticos tendrán que cambiar. Es allí hacia donde debemos trabajar, defendiendo a fondo nuestras instituciones, apoyando nuestras universidades, nuestros centros de pensamiento, nuestros grupos cívicos, volviéndolos fuertes para imponer la seriedad en el país. Eso es lo que tenemos que decidir en este tercer aniversario de la peor desgracia que ha caído al país.
*Máster en Economía, Northwestern University. Columnista de El Diario de Hoy.
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