OTROS EDITORIALES

Patadas y mordidas

Por Federico Hernández Aguilar* Martes, 31 de Enero de 2012

Pocas campañas electorales nos habían hecho sufrir un prólogo tan largo y desgastante como el que hemos padecido en el último año. Por supuesto, semejante nivel de intemperancia no iba a producir otra cosa que no fuera lo que estamos viendo ahora, "oficializado" ya el arranque de la campaña política: militantes fervorosos dándose codazos en las calles, una infamante guerra electrónica de calumnias anónimas y un ambiente de crispación que trepa con la "frescura" del plomo derretido sobre la espalda de los ciudadanos.

A un partido que le ha dado por disfrazar cada poste con el llamativo color de su bandera se le olvidó que los electores no solamente somos urbanos, sino que también apreciamos la urbanidad. Parece que les cuesta entender que la pinta y la pega tienen, respecto de las simpatías de los votantes de hoy, la misma relación que tiene el telégrafo con el iphone: ¡volver a su uso indiscriminado es prueba de desfase más que una muestra de viveza!

Los mejores ángulos fotográficos de los aspirantes a diputados, diseminados en mupis y vallas, tienen su agudo contraste en ese gigantesco panteón de reputaciones que ha pasado a ser la red informática. Para colmo, a tan nutrido bombardeo de insultos, maledicencias y conspiraciones hay que sumarle ahora una nueva versión de "guerra popular prolongada", caracterizada por acusaciones multidireccionales, la apropiación ilegítima de efemérides nacionales y hasta los más desfachatados plagios de eslóganes. Todo parece ya posible en una contienda donde la ecuanimidad y la serenidad jamás tuvieron opción.

Por si todo lo anterior fuera poco, escasísimo favor ha hecho al alivio de nuestras tensiones la actitud mostrada por el presidente Funes, que tuvo una oportunidad de oro para llamar a la unidad del país en la reciente celebración de los Acuerdos de Paz y, por el contrario, se decidió por la invocación de revisionismos parcializados, como si ajustar cuentas con uno solo de los sectores protagonistas de la guerra fuera algo inocuo.

Después tuvo nuestro mandatario una reacción bastante extendida entre quienes proclaman la justicia y la reparación como las más legítimas vías de reconciliación con el pasado: tras culpar a la Fuerza Armada de crímenes horrendos, se muestran extrañados de que surjan grupos que clamen por una justicia menos selectiva. Pretenden que los demás veamos la guerra con sus anteojeras, pero ni por un momento se toman la molestia de quitarse las suyas. ¡Y así aseguran, claro, fomentar el perdón y la paz!

En la punta de este afanoso revisionismo, deudor de aquellas intransigencias que elevaron la violencia a categorías inmerecidas, agregó el Presidente de la República una cereza de ocasión: el abuso de poder. Sin que mediaran razones de peso para ello, ordenó causar alta a un militar retirado que le había criticado destempladamente por su discurso en el Mozote. Con esta reprensible acción, nuestro gobernante exhibió un grado de intolerancia que le despeña de las cimas democráticas a las que ha querido subirse.

Lo innecesario de la medida y la ausencia total de justificaciones para realizarla trae aparejado un peligroso componente de autoritarismo, porque termina anulando las aspiraciones políticas de un adversario. Para decirlo de otra manera, teniendo en sus manos la posibilidad, el Presidente ha usado de la fuerza del Estado para silenciar a alguien, lo que significa que es la ocasión lo único que a veces le estaría faltando a nuestro gobernante para sacudirse a la gente que le critica. Malísima señal.

En medio de estos jaloneos, los prometedores cambios introducidos en el viejo sistema de conteo y repartición de votos para elegir diputados siguen siendo un misterio para muchos. La campaña de "alfabetización electoral" no arranca y es posible que haya partidos deseosos de que el votante acuda a las urnas lo menos informado posible. Me pregunto: ¿nos daremos a respetar los salvadoreños?

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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