Del odio sembrado ayer surge la violencia de hoy

El desaforado endeudamiento para sostener a burócratas y a la elite partidaria deja al país sin los recursos para enfrentar desafíos y poner bajo control la violencia sin sentido que se sufre

Las pandillas, señalamos ayer, son una de las facetas de la general descomposición moral, social, demográfica y económica que tiene lugar desde la radicalización de grupos políticos vinculados al castrismo a finales de los Sesenta. Ello condujo a la guerra, la guerra causó el desplazamiento de centenares de miles de personas dentro del territorio, el desquiciamiento económico forzó la emigración masiva y, a partir de allí, se da desde el problema de los ilegales en Estados Unidos hasta el surgimiento de las maras en California.

No se tiene que ahondar mucho para hacerse un cuadro de la situación salvadoreña: un país que retrocede en lo económico, que despilfarra y hace mal uso de presupuestos públicos, que es visible el deterioro de los servicios asistenciales, el secuestro de muchas comunidades por grupos violentos, la carencia de rumbo del Ejecutivo, la nula obra de beneficio y funcionarios que mienten en sus comparecencias en la legislatura.

No hay "programas sociales" de significado de parte de un gobierno que ni siquiera ha podido poner en funcionamiento un gran puerto que estaba listo hace seis años. Lo que se enarbola, como "ciudad mujer", beneficios a sectores en pobreza, los repartos de uniformes, son montajes cosméticos sobre una realidad cada vez más calamitosa.

Uno de los más grandes hospitales del área metropolitana, el Zacamil, está sin equipos de lavado y esterilizado de ropa desde hace más de un año. Pero ya dijeron los titulares de Salud que el reemplazo está en Corea...

Cada mal servicio, cada abuso, cada señal de corrupción, cada grave carencia, cada centro de salud sin medicinas o escuela en ruinas, es desestimado, se ignora o se echa la responsabilidad a quienes no la tienen, comenzando por el consabido "es culpa de los veinte años de gobierno de ARENA".

El país queda sin recursos para combatir la violencia

El gobierno de Estados Unidos, por intermedio del Banco Interamericano y el Banco Mundial, ha venido concediendo créditos a El Salvador para diversos y necesarios objetivos: mejorar la enseñanza, fortalecer la agricultura, multiplicar eficiencia de los servicios asistenciales, etc.

Pero muy poco de eso se logra, en una medida, porque la mayor parte de esos fondos se destinan a pagar nueva burocracia --burocracia incrementada exponencialmente desde la llegada de este gobierno--, en parte porque una sustancial porción de los préstamos se desvían a otros y nunca aclarados usos, a los agujeros negros de la administración pública.

El problema de las pandillas es parte de la ineficiente formación escolar y cívica de los jóvenes, como de la falta de esquemas alternos de enseñanza. Un programa muy exitoso que integraba padres de familia, maestros, alumnos y la comunidad, EDUCO, ganador de premios interamericanos, fue cancelado de golpe y porrazo para volver a la rigidez burocrática anterior.

La banalidad es el signo del actual régimen salvadoreño, que no ha podido formular programas que contribuyan a erradicar la pobreza. En vez de enseñar a trabajar y fomentar la creación de centros productivos, no se pasa de repartos que apenas solucionan la necesidad de ese día.

El desaforado endeudamiento para sostener a burócratas y a la elite partidaria deja al país sin los recursos para enfrentar desafíos y poner bajo control la violencia sin sentido que se sufre. Y esa violencia fácilmente se desborda hacia el norte de América.