El senador Menéndez, la tregua y el desplome de las instituciones

No se trata de tener buenas cárceles cuando la mayoría de escuelas y de centros de salud está en malas condiciones. Hay que ayudar a la gente a vivir con honestidad

No ha cesado la violencia en El Salvador, en alguna de sus variantes, desde que surgieron los grupos clandestinos a principios de la Década de los Setenta; lo que actualmente protagonizan las maras es sólo uno de los episodios dentro del cuadro de agitación, resquebrajamiento social, la criminalidad a nivel regional y la influencia del chavismo.

En tal contexto deseamos al senador Menéndez que su visita contribuya a la comprensión de una tragedia que se está saliendo de las posibilidades de controlar o reducir de parte de un gobierno que carece de rumbo.

La tregua de las pandillas entre sí, que no es un pacto con el país o con la sensatez, tiene los visos de un repliegue para organizarse, de pausas para encontrar nuevas formas de agresión y, además, sacar ventajas diversas a su favor, entre ellas políticas. Equivale a los períodos en que Hezbolá o el Talibán bajan la intensidad de sus agresiones.

Se adivinan, también, aunque no se pueden precisar, los vasos comunicantes que en algún grado tienen las pandillas con los grupos de fuerza que se mueven en El Salvador y en la región. Eso puede explicar la falta de voluntad para entrar a fondo al problema, como en el hecho de que la organización de las pandillas --sus clicas, la estructura de sus liderazgos, su secretividad-- replique la de la guerrilla en los Setenta y Ochenta.

La tregua, o pacto, no ha traído beneficio alguno a la población, que vive en un virtual secuestro de la violencia. Un número de barrios y vecindarios quedan por la noche sometidos a una especie de ley marcial; nadie puede entrar ni salir sin pagar tributo; nadie, en esas áreas, puede estar seguro de que sus hijos o hijas no serán reclutados por la fuerza. En El Salvador, como lo estableció la guerrilla en los años de la gran violencia, reclutar niños y usarlos como carne de cañón fue la norma, niños de hasta siete años.

No se necesitan mejores cárceles sino mejores ciudadanos

Se dice que ha bajado el número de asesinatos, asesinatos sin justificación, hechos de horror, aunque sean más los desaparecidos y mayores las extorsiones. Y en esto de la extorsión hay que traer a cuentas la frase del Ministro de Seguridad, repetida recientemente en un foro del Banco Mundial y del BID, en Washington, por el Presidente Funes, que exhibe lo que se ha llegado a pensar. Dijo:

"Delitos como la extorsión, el robo y el hurto constituyen el modo de vida de estas decenas de miles de jóvenes, de esa manera se mantienen y ayudan a mantener a sus familias, son los ingresos que les permiten subsistir…"

El caso es que la extorsión sólo resulta efectiva cuando hay amenaza y la amenaza es la muerte. Se extorsiona a pequeños comercios, a talleres, a buseros, y esas extorsiones son efectivas porque matan a comerciantes, matan a sus parientes, matan a motoristas, matan a cobradores y dan fuego a los vehículos, incluyendo un caso en que el bus fue quemado con los pasajeros dentro.

Se ha dicho que esto sucede porque el gobierno no hace lo suyo, que es cuidar las cárceles y cuidar los servicios públicos. Pero no se trata de tener buenas cárceles cuando la mayoría de escuelas y de centros de salud está en malas condiciones. Hay que ayudar a la gente a vivir con honestidad y, por tanto, no exponerse a ir a la cárcel.

La agresión de los Ochenta destruyó mucha infraestructura, causó decenas de miles de víctimas pero lo más grave es que destruyó la conciencia moral.

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