Ahora todos ofrecen de todo a las mujeres

No sirve de mucho que, en teoría, existan ciudades dedicadas a las mujeres, si en las localidades donde estas viven impera el hampa y sus hijos están en permanente riesgo

Las mujeres son ahora el blanco de los halagos, comenzando con el programa de "Ciudad Mujer" que no es ni ciudad ni un centro real de atención para ellas, sino otro montaje burocrático que, en apariencia, gasta más en salarios que en servicios.

Como nadie se queda pobre ofreciendo lo que no tiene intención de cumplir, si uno habla de establecer centros de atención en cada pueblo del país, otro dice que los habrá hasta en los más remotos cantones. Antes de la elección presidencial, los actuales dirigentes del régimen no sólo hablaban de una ciudad para las mujeres, sino de servicios asegurados para embarazadas y parturientas, incluyendo ambulancias que las recogerían en sus hogares para llevarlas a dar a luz.

Y para mostrar la excelente intención, la primera piedra colocada por el actual régimen, que sigue allí sin gran acompañamiento de otras piedras, fue para el nuevo, espléndido y modernísimo hospital de Maternidad que todavía no sale del cascarón.

Es seguro que muchas pobres mujeres mordieron el anzuelo propagandístico, votaron por "el cambio" y se mantienen a la espera. Como siguen a la espera las familias de un pasaje, en las afueras de San Salvador, a las que los rojos ofrecieron que al llegar al poder, iban a reparar y hermosear sus viviendas.

Mientras las mujeres esperan esos milagros, pueden pensar en lo que verdaderamente las beneficia, beneficia a sus familias y las beneficia como personas.

Los discursos y las ciudades para las mujeres son una cosa y otra, las realidades de la calle, lo que sucede en las colonias y barrios donde viven, sus perspectivas para ganar el pan, los servicios que reciben, lo que depara el futuro para sus hijos.

El que parte y reparte, se queda con la mejor parte…

No sirve de mucho que haya ciudades para la mujer si al sufrir una dolencia y tener que buscar ayuda en un hospital, la mayoría de mujeres encuentra que no hay suficientes camas para atenderlas y tiene que compartirlas o llevar un colchón y su propia ropa para instalarse en el suelo. Y que luego no les den medicinas y les posterguen por meses una intervención quirúrgica, que tampoco es seguro que se realice llegado el momento.

Pero de lo que se trata no es tanto de que los servicios de caridad o públicos funcionen bien, cuanto de tener la oportunidad de emplearse y ganar dinero para depender menos de dádivas. Lo que las mujeres con frecuencia piden es igualdad de oportunidades lo cual, a su vez, implica igualdad de responsabilidades y de desempeño en una labor.

Tampoco sirve de mucho que, en teoría, existan ciudades o regiones enteras dedicadas a las mujeres, si en las localidades donde estas viven impera el hampa, sus hijas están en permanente riesgo y sus hijos pueden ser reclutados a la fuerza por las pandillas.

En un país sin riquezas naturales como el nuestro, o donde su única posible riqueza es lo que cada persona labra con su esfuerzo, la redención no está en programas asistenciales, en andar repartiendo, sino en que haya inversión, se monten fábricas y agroindustrias y, en tal manera, se genere trabajo.

Además no hay que olvidar el viejo refrán: quien parte y reparte se queda con la mejor parte, es el que engulle todo.

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