Los que viven de las calles a nadie tienen por ellos

Una cosa es tirar piedras al que jinetea el macho, y otra, desempeñarse en lo mismo. Ejercer de criticador por veinte años es muy distinto a actuar bien cuando corresponde

Las calles de nuestras ciudades, a causa del progresivo descabezamiento de la seguridad, de la institucionalidad y del orden (lo medular de "el cambio") han ido transformándose en junglas, lo que obliga a muchísimas personas a sobrevivir como pueden, como es el caso de vendedores ambulantes, de los "limpiaparabrisas", de buhoneros y mercaderes del sexo, de mendigos y rateros.

Es con frecuencia molesto ser acosado por los que se congregan en paradas de buses, redondeles, esquinas transitadas o a media calle, pero son las circunstancias las que obligan a tantos sin arraigo, habilidades o posibilidades reales de encontrar empleo, a buscar su sustento a como dé lugar, de sacar el pan del asfalto bajo el sol. Varios conocidos nuestros "adoptan" a muchachos y les dan comida al pasar por una esquina, oyen sus problemas y tratan de ayudarles o van con monedas para repartir.

Lo hacen porque es una bendición no necesitar caridad y poder hacerla. En los viejos tiempos era parte de la rutina dominguera de las personas acomodadas, ir a misa y dar limosna a los mendigos a la puerta del templo.

Cuando esa pobre gente, pobre aunque con frecuencia sean soberbios y sean malandrines, se enferma o les sobreviene una desgracia (un accidente, los hieren en una riña, etc.) son pocas las opciones para curarse: los servicios y hospitales públicos y las clínicas que sostienen diversas entidades de caridad.

Esa es la salvación de los que duermen en las aceras, deambulan, viven bajo los puentes…

El ejemplo de lo mal que anda el sistema es el Hospital Zacamil

Pero por la incapacidad, la falta de experiencia administrativa, las erradas prioridades y la sordera de los figurones del régimen frente a las críticas, el sistema de Salud sufre de carencias graves, faltan medicinas, hay conflictos entre los médicos y personal de los hospitales con el Ministerio, etcétera.

Antes de llegar a los puestos que inmerecidamente ocupan, o que ocupan por los merecimientos de su militancia roja, los titulares y su "estado mayor" destacaban como permanentes y eminentes criticadores: que la Salud "no es una mercancía", que el pueblo se enferma sin que haya cura, que se desoyen las demandas de médicos y enfermeras, etcétera.

Pero una cosa es tirar piedras al que jinetea el macho, y otra, desempeñarse en lo mismo. Ejercer de criticador por veinte años es muy distinto a actuar bien cuando corresponde.

El caso emblemático es el Hospital Zacamil, donde médicos, enfermeros, personal, trabajadores se quejan del abandono y el desinterés de los titulares, que ni siquiera se dignan recorrer las instalaciones y ver con sus propios ojos el desmadre que se sufre por la incapacidad administrativa de las autoridades y por los despilfarros en lujos y viajes y embolsamientos de los presupuestos.

Un asunto que debió haberse resuelto de inmediato es el de la lavandería; las máquinas están oxidadas e inservibles y no hay dinero para reemplazarlas de inmediato, aunque lo haya para que un par de comitivas abultadas asistan a las exequias de un dictador.

Y en vez de hablar con los médicos y personal, son los médicos los que tienen que ir a presentar sus quejas y exponerse a represalias, ya que según una de las titulares, todo es una conjura de la derecha además de falta de imaginación médica, no usar magia para curar.

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