Es indisoluble la religión de la razón y de la ciencia

Al rechazar la razón se cae en los fanatismos, en ceguera frente al mundo físico y la evolución de la historia. Al desconocer el orden del espíritu nos hundimos en un abismo de bajas pasiones

Durante su pontificado y a lo largo de su brillante trayectoria como pensador, filósofo, teólogo y cimera figura de la Iglesia de Roma, Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, habló siempre del indisoluble vínculo entre razón y fe, entre lo que se revela al hombre por la gracia divina y lo que el pensamiento lógico descubre, analiza y edifica.

No hay conflicto entre ciencia y religión, entre moral y pensamiento, entre lo que atesoramos de enseñanzas milenarias y lo que el mundo actual va develando frente a nuestros asombrados ojos.

La prédica del Papa tiene una relevancia sin par en estos agitados tiempos, en los que fanatismos, ceguera mental, odios y la cruda conveniencia están desquiciando naciones, pueblos y lo mejor de la tradición moral y jurídica del tiempo.

Las convulsiones en el Medio Oriente causadas por fundamentalismos ciegos, las guerras "santas" que destrozan regiones de África, la persecución de hombres y etnias por profesar una religión distinta, apuntan al vicio medular que señaló el Papa: el divorcio entre razón y creencias precipita en el horror, es la causa de incontables males y sufrimientos.

Al rechazar la razón se cae en los fanatismos, en ceguera frente al mundo físico y la evolución de la historia. Al desconocer el orden del espíritu nos hundimos en un abismo de bajas pasiones, de lo que tiene forma pero carece de alma y sentimiento.

Hace unos pocos años el Papa –lo será siempre por su grandeza— se refirió al mundo sin sentido y sin piedad que Mozart tocó levemente en una de sus operas, si mal no recordamos la de la Fuga del Serrallo, el escape del harén de los sarracenos, de un mundo donde la letra se impone a la esencia, al espíritu. El Papá fue atacado pero no cedió en lo esencial, lo que mencionamos: razón y fe son indisolubles la una de la otra.

Pudo siempre escoger

los senderos más luminosos

No se justifica nunca que una creencia o un dogma imponga sobre unos la servidumbre, los transforme en siervos, los relegue a una condición inferior como es el caso de la mujer entre los fundamentalistas islámicos o las castas de intocables en la India.

La postura da vida nueva a la enseñanza de Aristóteles: el hombre es un animal racional; lo que lo libera de su condición de bruto es el pensamiento; al carecer de raciocinio el hombre queda condenado a caminar siempre al borde de los abismos mentales, del fanatismo y con ello de la barbarie y la crueldad sin límite.

En un hermoso símil, se dice que Ratzinger llevó una vida de renuncia: renuncia a su familia, a su comunidad, al matrimonio, a la vida libre del seglar, al mundo y sus embrujos.

Pero hay una contrapartida: Ratzinger no renunciaba sino que escogía, optaba por aquello que más concordaba con su ser íntimo, con sus anhelos y sus visiones. Por no renunciar sino ir por los senderos que a su espíritu eran los más luminosos, no perdió nunca su condición de hombre libre.

Renuncia al papado porque no puede renunciar a la realidad de su condición humana, la de un hombre que no tiene ya la fuerza para responder a las exigencias de la cátedra de San Pedro. Es la renuncia que todo ser vivo enfrenta al final.

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