Estamos al final de un año de destrucción económica

La redención de los pobres no es resultado de buenos deseos, de demagogia o de atizar odios, sino de lograr la armonía social, conseguir que los diversos sectores de una sociedad se compaginen en el trabajo

Domingo, 30 de Diciembre de 2012

Llegamos al final de un año calamitoso en el que la retórica del régimen se intensifica y pinta maravillas, en relación inversa con el estado de la economía, las perspectivas futuras, la estabilidad financiera del país y el ánimo de la gente.

No se han dado "positivas transformaciones" ni obras de valor para la población ni mejoras en los servicios públicos ni avances en consolidar nuestra democracia. Se sufre de socavamiento institucional, de la pérdida en la calidad de vida, de un serio deterioro de la infraestructura y, lo que es peor, del envilecimiento de la moral pública.

No hay en la vida del país una "opción preferencial por los pobres", como pregonaba el arzobispo Romero. Una cosa es la prédica y otra la práctica; todos los indicadores económicos, externos e internos, comprueban que la calidad de la vida está peor, que se han incrementado los índices de pobreza y que hay menos inversión y, por tanto, menos empleo.

Al "optar por los pobres" el arzobispo no abjuró de su catolicismo, no renunció a la enseñanza de la Iglesia sobre moral, no rechazó lo que ennoblece a los pueblos. No hay contradicción en esforzarse por ayudar a los pobres, y en promover el desarrollo y bienestar de todos los hombres y mujeres en esta tierra.

No encaja con la tradición cristiana asociarse con violentos, ateos, corruptos, incapaces, prestanombres y rufianes, o servir los intereses de narcoestados, dictaduras y bandas criminales.

Optar por los pobres no equivale a renunciar a la moral

La redención de los pobres no es resultado de buenos deseos, de demagogia o de atizar odios, sino de lograr la armonía social, conseguir que los diversos sectores de una sociedad se compaginen en el trabajo, que se genere empleo y que se usen e inviertan, en la manera más eficiente posible, los escasos recursos de una nación.

Amores no son palabras cuanto buenas obras, hechos positivos, realizaciones concretas, logros cuantificables, conductas decorosas, tranquilidad y progreso.

No encaja con los deseos y anhelos de los salvadoreños, que se monten estados y burocracias ricas con los dineros de la gente, no sólo los recursos que se esquilman para sostener a la nueva clase política, sino recursos que los sectores productivos requieren para invertir, ser competitivos, comprar e instalar nuevas tecnologías, mantener los puestos de trabajo y promover a su personal. Figurativamente, las exacciones y el desvalijamiento fiscal son casi el equivalente a forzar al carpintero a vender sus serruchos y formones, o al pescador, sus aperos para la pesca.

Ninguna nación puede ni desarrollarse ni mantener sus niveles de vida, al ser saqueada inmisericordemente por burocracias insaciables, como está sucediendo además en muchas entidades como la Universidad de El Salvador y la red de salud.

Optar por los pobres no significa renunciar a la sensatez, a la decencia, a lo moral. Una y otra vez, el Papa Benedicto XVI como su antecesor Juan Pablo II, reiteraron la indisoluble relación de fe y razón, de la creencia con el entendimiento.

El arzobispo Romero nunca rechazó esa esencial verdad, por lo que ampararse en su nombre para perpetrar truculencias y mantener un boato inconsistente con la pobreza que existe, no es válido. Tampoco es válido encaminar la destrucción de la democracia salvadoreña pintando fantasías que no concuerdan con el historial genocida del comunismo.

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