Las consultas manipuladas para llegar al paraíso rojo

Asuntos que no alcanzan ni de lejos a entender ni el candidato rojo ni sus seguidores ni el gabinete de gobierno ni muchos profesionales, van a definirse y esclarecerse por los votantes de ciudades, pueblos y barriadas

"Que el pueblo decida…"

El candidato comunista declaró al presentar un libro que firma, que "la democracia representativa… debe ser complementada con la democracia participativa, consistente en las consultas ciudadanas o referendos".

Parece una gran idea, la pomada mágica para encaminarnos a la sociedad justa y próspera que anhelamos. Que sea "el pueblo", no sus representantes, el que tenga la última palabra expresada en el voto directo. No habrá asunto o problema por más complejo que sea, que no se resuelva con las consultas ciudadanas.

Dentro de ese espíritu la Sala de lo Constitucional se pronunció a favor de consensos más amplios para concesionar bienes o actividades, declarando inconstitucional el que haya entidades especializadas, como SIGET, las que dictaminen y otorguen; en adelante será la honorable Asamblea Legislativa, un cuerpo político, la que tendrá esa facultad. Es una lástima que tal fallo haya contribuido a ahuyentar más la inversión interna y externa en nuestro país.

Pero "el pueblo" no se equivoca: desde los romanos se dice vox populi, vox dei, "la voz del pueblo es la voz de Dios".

Por tanto, asuntos que no alcanzan ni de lejos a entender ni el candidato rojo ni sus seguidores ni el gabinete de gobierno ni muchos profesionales, los van a definir y esclarecer los votantes de ciudades, pueblos y barriadas.

Es obvio que si los dirigentes del partido oficial y los miembros del gabinete del régimen comprendieran lo esencial de la economía contemporánea, no estaría pasando El Salvador por las presentes calamidades.

¿Es que "Albapuertos"

debe administrar La Unión?

Cuestiones como la conveniencia o inconveniencia de construir una represa hidroeléctrica, continuar con los asocios público/privados, firmar tratados de libre comercio o definir las políticas monetarias, se deben consultar con "el pueblo". Para ser consecuentes con el planteamiento, a cada votante se le suministrará un grueso legajo con el resumen de lo que se plantea, los argumentos en favor y en contra, tablas estadísticas y proyecciones financieras…

Pero "ni ellos mismos se lo creen". En esto de los plebiscitos, en las preguntas van las respuestas que los dictadores y los grupos de fuerza quieren como resultado. No se trata de "¿cómo piensa usted que se puede corregir el desbalance entre importaciones y exportaciones?", sino "¿está de acuerdo en concesionar el puerto de La Unión a consorcios imperialistas, o en su lugar a "Albapuertos"?"

"¿Debe El Salvador vender su soberanía a explotadores extranjeros o es mejor que comisiones populares administren la riqueza nuestra?"

En las dictaduras nadie opina, dice, respalda o se opone sin antes ver, con el rabo del ojo, como aquí, en la convenciones de los comunistas, los gestos de los camaradas más iguales. Por tal motivo en Cuba y en los despotismos del Este europeo antes de la caída del Muro de Berlín, se vota y se votaba "a mano alzada" para que nadie pusiera en duda la lealtad del compañero.

Por una patética falta de ideas propias, o de ocurrencias personalísimas, es que ahora se aparecen los rojos con un programa calcado en parte de las elucubraciones que ha dado a luz el dictador ecuatoriano. Lo único que no parecen haber tomado en cuenta es la advertencia que se les hizo respecto a revertir la dolarización: el costo sería incalculable, los perjuicios enormes. Hasta Correa lo sabe.

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