No se cura con repartos la pobreza de los pueblos

La idea de que la forma de disminuir la pobreza es por la vía de los repartos ha ido perdiendo terreno; lo evidencia lo declarado por la Secretaria Ejecutiva de la Cepal. "…el desafío es generar empleos de calidad"

Repartir pescado no soluciona el problema de la pobreza, pero, lo dice el viejo proverbio chino, habrá mucho menos en la medida en que se enseñe a pescar.

La tristeza, empero, surge cuando se reparte el mejor pescado y además mariscos y caviares y suculentas bebidas a grupos políticos que se entronizan, en grave detrimento del resto de la población. Son fenómenos propios de toda corruptocracia, a los que por hoy deben los pueblos resignarse.

La idea de que la forma de disminuir la pobreza es por la vía de los repartos ha ido perdiendo terreno; lo evidencia lo declarado por la Secretaria Ejecutiva de la Cepal, Alicia Bárcena: "…el desafío es generar empleos de calidad". Y eso mismo dicen estadistas como José María Aznar, expresidente del gobierno español, quien viene reiterando que la mejor política social de cualquier Gobierno es generar empleo, poner a la gente a trabajar y a sostenerse con su propio esfuerzo.

La pobreza no debe verse como una maldición bíblica ni un destino inescapable, aunque un pueblo se puede envilecer y sumirse en condiciones tales, que salir adelante es casi imposible, lo que sucede a Haití y Somalia y, es por hoy, la situación de Cuba.

Haití es el ejemplo más triste de lo que sucede cuando la tierra y en general la propiedad se divide al máximo, donde cada labriego es dueño de su parcela pero esta apenas alcanza para darle de comer. Los pobres han caído en una economía de subsistencia, la de "coyol partido, coyol comido", en la que se carece de capital ---humano, de saberes, de experiencia, de recursos-- para formar unidades más grandes de producción y, por lo mismo, más eficientes, capaces de generar economías de escala y así iniciar el milagro del desarrollo.

Los tamaños de las ciudades obligan a la especialización

Las grandes organizaciones productivas surgen espontáneas en los países libres, pues son grandes porque deben suministrar bienes y servicios a grandes núcleos humanos. Distinto es suplir de carne a un pequeño pueblo, a hacerlo para un mercado enorme como el de San Salvador, lo que demanda bodegas refrigeradas, flotillas de camiones, centenares o miles de obreros, etcétera.

Esto, a su vez, obliga a especializaciones, a una división del trabajo natural donde hay lugar para los que tienen una preparación modesta, como para el experto administrador o los que procesan alimentos. En gran parte el casi descalabro en que han caído los servicios de salud se origina en el hecho de que las personas a cargo carecen de la experiencia y los conocimientos para dirigirlos, ordenarlos, fijar prioridades y administrarlos. Porque una cosa es haber ejercido durante décadas de criticador y otra manejar bien una institución.

El crecimiento de las ciudades (la gran Lima en el Perú, como ejemplo, tiene veinticinco millones de habitantes) obliga a crear expertos, personas capaces de ordenar el tráfico de millones de vehículos, de suministrar el agua, de ocuparse de la limpieza, de iluminar… los desafíos son enormes; el Hemisferio avanza en gran parte por la presión y las exigencias de masas enormes de gente.

La alternativa es caer en un Haití u otra Cuba, a pesar del trauma que sufren, precisamente, por sus políticas benefactoristas, de repartos, o seguir los ejemplos y las experiencias de los países exitosos del mundo.