OTROS EDITORIALES

Son súper, súper generosos con los dineros públicos

No cuesta comprobar las penurias por las que estamos pasando los salvadoreños: la Fiscalía carece de recursos para llevar adelante su combate a la delincuencia, las escuelas no han recibido sus bonificaciones

Jueves, 22 de Noviembre de 2012

Con magnánima actitud la Corte Suprema aprobó un bono de novecientos dólares a todos sus empleados en adición al aguinaldo, dinero que, es obvio, no sale de los bolsillos personales de los magistrados y altos funcionarios, sino de presupuestos públicos de un país que está casi en bancarrota.

Con novecientos dólares el Centro Escolar El Carmen, en La Unión, resolvería el problema que afronta a causa del colapso de sus servicios sanitarios... Similares ejemplos abundan en nuestro saqueado país.

No cuesta comprobar las penurias por las que estamos pasando los salvadoreños: la Fiscalía carece de recursos para llevar adelante su combate a la delincuencia, las escuelas no han recibido sus bonificaciones para finalizar el año lectivo, las calles no tienen mantenimiento y los hospitales y centros de salud están sin medicinas y algunos ni siquiera logran lavar la ropa usada.

Pero los grupos de fuerza, sindicalistas y buseros presionan y para quitarse de encima el problema, las autoridades ceden en toda o alguna medida, sentando precedentes nefastos. Se olvida en esto que ceder al chantaje es invitar a nuevos chantajes, y quien paga el precio es la población, no los funcionarios y políticos de la nueva clase que primordialmente se ocupan de sus prerrogativas y su pomposo bienestar.

Hay un símil de viejo cuño que describe el drama que se vive en nuestra tierra, el del hombre que duerme en una noche fría arropado con una cobija pequeña: si se tapa la espalda, deja al descubierto los pies; si se cubre los pies queda descubierta la espalda.

Pero aquí la espalda y la cabeza tienen vida independiente de los pies que, en este caso, es la gente al margen del poder: el pueblo, los niños en abandono, las comunidades amenazadas, los enfermos crónicos sin medicinas para sobrevivir, las entidades a las que se les cortaron fondos para sostener la enorme e incapaz empleomanía creada a dedo.

Ponen gente sin saberes

a dirigir entidades complejas

Aquí hay una dura austeridad forzada sobre la mayoría y gran holgura en la nueva clase política.

La grotesca situación, usual en las corruptocracias hispanoamericanas, es causada por tres hechos:

-- El primero, la ausencia de una política de austeridad en el manejo de los bienes públicos y, en particular, de los presupuestos gubernamentales. Se invoca austeridad cuando hay reclamos por deficientes servicios o se pide ayuda para corregir situaciones anómalas, pero ello no limita el gasto y las prerrogativas de los nuevos funcionarios y sus mantenidos;

-- el segundo, la falta de estructuras que ordenen y fiscalicen el gasto y fijen lógicas prioridades para ello;

-- el tercero, la falta de experiencia, sentido común y conocimientos de los que administran los presupuestos de ministerios, entidades públicas y autónomas. Nunca se vio tal inepcia en los desempeños estatales como en los dos regímenes de izquierda del país, el actual y el de los años Ochenta.

A esto se suma otra grave falla estructural: para asegurar el adecuado funcionamiento de un Estado, un sistema de pesos y contrapesos es imprescindible, lo que prácticamente se ha desvanecido en nuestro suelo. De manera formal esos equilibrios siguen existiendo, pero la compra de personajes ha envilecido la gestión pública.

Quedan fuerzas y organizaciones que no renuncian a la decencia y que reclaman por lo que está sucediendo; lo reclaman pese a los insultos y amenazas de que son objeto a diario.

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