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Las ostras, esas delicias, pudieron salvar a Nueva York

Esos bancos de conchas, capa sobre capa, rodeaban la ciudad hasta que el consumo sin control y el uso de las conchas para fabricar cal y cemento casi acabó con ellos

Lunes, 19 de Noviembre de 2012

¿Son efectivos los diques para proteger ciudades costeras? La espantosa devastación causada por Sandy en el noreste de Estados Unidos, principalmente en Nueva Jersey y la ciudad de Nueva York, como antes en Nueva Orleáns por el Katrina, revive un tema vital, más cuando hay muchas ciudades y países que han robado espacios al mar; la tercera parte de Holanda se protege con diques, los que han asimismo permitido a ciudades como Panamá construir nuevas vías rápidas y contar con espacios para parques y urbanizaciones.

En un periódico de Estados Unidos se publicó el artículo de una señora a quien le encantan las ostras y se preparaba para comerlas el fin de semana acompañadas de un rico Verdejo español. Cada ostra cuesta entre uno y cinco dólares, aunque de seguro son muchísimo más caras en Tokio y Oslo.

Pero, dice ella, las ostras como especie marina pudieron haber salvado a Nueva York, ya que en el curso de milenios levantan barreras infranqueables que minimizan el efecto de grandes oleajes. Y esos bancos de conchas, capa sobre capa, rodeaban la ciudad hasta que el consumo sin control y el uso de las conchas para fabricar cal y cemento casi acabó con ellos, con las nefastas consecuencias que conocemos.

Esta tragedia azota a muchos bosques salados del trópico y de El Salvador. Se cuidaban, eran y siguen siendo, aunque minimizados, los viveros de toda clase de moluscos, camarones, langostas, conchas, ostras y peces; salvaguardan las costas de vendavales y tremendas marejadas… hasta que torpes decisiones y la permisividad hacia los depredadores casi los han acabado.

Cuidemos los bosques salados y todos los bosques

Muchos tuvimos la suerte de recorrer los brazos de mar que se adentraban en los bosques salados, más pequeños pero más bellos que los fiordos noruegos o del sur de Chile. El fiordo es labrado por el desplazamiento de gigantescas masas de hielo, los glaciares; el manglar es el esplendoroso producto de árboles y mil formas de vida marina que crecen en tierras anegadas.

Por desgracia es fácil regalar lo que no es de uno; inició cuando un inteligente pero por desgracia confundido y resentido exministro de Agricultura dio permiso para que "el pueblo" cortara "un poco de madera para sus ranchitos". Pero como con las ventas callejeras que, por decisión de un exalcalde también se entregaron a "el pueblo", las mafias toman control, asignando espacios y cobrando por usar o usurpar bienes públicos.

No será fácil reconstruir en unas décadas lo que se formó antes durante milenios. Pero lo peor es no iniciar un rescate, sea regulando la extracción de ostras en los lugares donde naturalmente se reproducen y crecen, sea también limitando lo que puede hacerse en los manglares, sin olvidar el uso tan especial que se da a la corteza del mangle en talabartería.

Se deben proteger no sólo los bosques salados y las barreras de ostras y corales, sino también todos los bosques, lo que queda de ellos en el Trifinio y los que han formado los caficultores que la reforma agraria de los Ochenta también estuvo a punto de aniquilar al entregarlos a jornaleros, "el pueblo". Protegiéndolos rinden más, benefician a todos y no sólo a los que los arrasan furtivamente con motosierras.

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