Hablan siempre de "cambios" pero sin definirlos nunca

Lo de las transformaciones "necesarias" se viene repitiendo desde hace tres cuartos de siglo; fue uno de los temas de la pasada campaña, el atol que el partido dispensaba con el dedo

" Nadie sabe dónde le aprieta el zapato a otro", dijo Sócrates hace dos mil quinientos años, una frase que define los fundamentos de la convivencia pacífica, de la vida en democracia. O, como lo expresa una variante con similar agudeza, "sabe más el loco de su casa que el cuerdo de la ajena".

Hay quienes piensan lo contrario, como lo manifestó el diputado Lorenzana en una entrevista televisada: "…sabemos que el poder es la palanca fundamental para poder hacer las transformaciones que el país necesita…". ¿Cuáles son esas "transformaciones que el país necesita" que no enumera, que el partido nunca expone?

Cada salvadoreño conoce en alguna medida cuáles son sus necesidades y sus aspiraciones, "dónde le aprieta el zapato" y lo que es "la situación de su casa", pero que la suma de esas apreciaciones y conocimientos deje de ser una cuestión de interés público y sujeto al permanente debate, para que sólo unos cuantos, el liderazgo del partido comunista, tenga la autoridad y la sabiduría de definir, es una conclusión sacada de la manga.

Lo de las transformaciones "necesarias" se viene repitiendo desde hace tres cuartos de siglo; fue uno de los temas de la pasada campaña, el atol que el partido dispensaba con el dedo, lo que nunca se detalla.

Sin haber llegado, o al menos sin declararlo, a poner en funcionamiento esas misteriosas "necesarias transformaciones", el partido ya consiguió revolver la economía, anular la inversión, hacernos bajar en todos los índices económicos, cargarse la seguridad jurídica, incrementar el desempleo, desabastecer los hospitales, potenciar la violencia, pactar con las bandas delincuenciales, dejar de mantener la infraestructura, petrificar un puerto, llevar a la bancarrota a la Lotería Nacional de ex-Beneficencia, elevar la incertidumbre y meterle gran miedo a un alto porcentaje de la población, a quienes tienen los pies en el suelo.

Siglo y medio de sufrir los horrores del totalitarismo

Nadie es dueño de la verdad, ni menos de las parciales verdades de otros. Muchos no hemos renunciado a pensar por nuestra cuenta, a valorar, a analizar, a ponernos a salvo de fanatismos y de montajes ideológicos. Rechazamos las sectas, las fórmulas prefabricadas, los dogmas enajenantes.

En las peroratas, pronunciamientos, declaraciones, posturas y palabreríos de la izquierda hay rasgos reveladores. El primero, que aquí, en Albania, en Ecuador y entre los extremistas japoneses o los ideólogos chinos, se dice lo mismo, se hacen iguales condenas, se repasan una y otra vez los eslóganes que datan desde los primeros escritos de Marx.

Repiten lo sentado en Das Kapital, como si el mundo se hubiera congelado en el tiempo, sin los portentosos cambios en producción, tecnología, saberes e integración global que han tenido lugar, cada vez con mayor vigor y profundidad.

En arte, literatura, en instituciones sociales, en las oportunidades que ahora existen para todos los hombres, el buen cambio, el cambio que opera primordialmente en los pueblos libres, vuelven obsoletos los esquemas esclavizantes.

A lo largo de los años hemos contemplado los desastres, las tragedias, la devastación, la pobreza y la destrucción de pueblos que los socialismos han causado, desde lo que fue la consecuencia del socialismo de Nehru en la India, hasta las ciudades devastadas de la Europa central y lo que queda de los campos de exterminio del nacional-socialismo de Hitler. Que no se repita en El Salvador.

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