La competitividad salvadoreña va en caída libre

Si a esto se suma la inseguridad, el alto costo de la protección, las extorsiones que sufren los pequeños y medianos negocios, los asaltos y el clima de "susto", entendemos lo grave de ser menos competitivos

Miércoles, 24 de Octubre de 2012

El martes, el Foro Económico Mundial bajó a El Salvador once puntos en el ranking de competitividad, pasándolo de la posición 91, de por sí calamitosa, a la 101.

Caída libre…

Lo primero que debe plantearse es qué significa ser competitivo y las consecuencias de bajar en el ranking mundial en un mundo en el que las barreras comerciales están evaporándose, aun cuando, como lo señaló el candidato republicano Mitt Romney en el último debate, hay países como China que cargan los dados a su favor en cuanto al intercambio, robando patentes, copiando productos y vendiendo mercancías pirateadas.

Ser competitivo, en términos simples, significa poder vender lo que se elabora o fabrica, a precios similares o más bajos que otros productores. Es obvio, a la vez, que si una cocinera en Tonkin es capaz de servir una comida de pollo con tallarines a la cuarta parte del precio que se consigue en un mercado de San Salvador no hay competencia, por la distancia y la imposibilidad de transportar algo tan perecedero como alimentos recién hechos.

Pero cuando se trata de vestimentas, electrodomésticos, artículos del hogar, motores eléctricos o similares, el costo agregado de transportar esos bienes de la China a Centro-América no afecta un hecho: que lo que otros hacen es más barato y con frecuencia de mejor calidad, que lo que aquí elaboramos, a pesar del costo de llevarlos de un lugar a otro.

Hay, además, fabricantes centroamericanos que compiten casi en igualdad de condiciones con los fabricantes salvadoreños, lo que a la corta o a la larga puede reducir la demanda de un producto salvadoreño y llevar a la quiebra o al cierre a ese fabricante.

En peligro están los empleos de muchas personas

Si el productor quiebra o cierra, se rompe la cadena de servicios y abastecimiento de la que forma parte, además de dejar sin su empleo a muchos obreros y empleados.

Un ejemplo simple, el de un taller que elabora camisas de hombre. Mientras pueda competir en calidad, diseño y precio, esas camisas encontrarán compradores. Pero si la empresa pierde recursos a causa de una baja en la demanda o por tener que pagar impuestos muy altos, o porque carece del capital para renovar sus diseños o para adquirir equipos más eficientes, pierde la capacidad de competir y comienza a perder presencia en el mercado hasta que se liquida.

Haber descendido en el ranking de competitividad es un asunto muy grave, pues indica que cada vez somos menos eficientes y, por lo mismo, menos capaces de vender fuera de nuestras fronteras e inclusive dentro. Esto afecta no sólo al personal involucrado, como señalamos, sino a los que suministran materias primas, servicios, tecnología y muchas cosas más.

Por obra del descenso en la actividad económica, así como a causa de los nuevos impuestos, muchas empresas se están descapitalizando y, por tanto, son más vulnerables a la competencia externa. Eso se convierte luego en un círculo vicioso, en una concatenación de problemas, males inesperados, dificultades y costos que van socavando la fortaleza de los productores y de la economía.

Si a esto se suma la inseguridad, el alto costo de la protección, las extorsiones que sufren los pequeños y medianos negocios, los asaltos y el clima de "susto", entendemos lo grave de ser menos competitivos.

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