OTROS EDITORIALES

No está allí por capacidad, sino por su condición de "hijo"

A muchos aflige no tanto que anden nombrando hijos y correligionarios, sino que quienes lo deciden sean incapaces de ver el lado indecente de una decisión, padezcan de una grave ceguera ética

Miércoles, 12 de Septiembre de 2012

Es censurable que apenas asumen el cargo, los funcionarios efemelenistas despiden a subalternos y empleados para colocar a parientes, allegados, correligionarios y amigos en esos puestos. Tal cosa les parece "lo más normal del mundo", e inclusive un diputado defendió el nombramiento de su hijo diciendo que tenía la adecuada preparación pues había estudiado en varias universidades.

Es obvio que el político se ocupó en dar a su hijo una preparación que, por las circunstancias que sean, él nunca alcanzó, como lo demuestra con gran frecuencia.

Pero el joven abogado no llegó a ese puesto por capacidad o experiencia profesional, sino por "ser hijo". Y por ser "hijo", amigo, correligionario, por deberles favores, o porque así lo dispone la cúpula, es que en este brillante gobierno de "el cambio" se designan ministros, funcionarios, miembros de directivas, secretarias, motorista, presidentes de autónomas, proveedores de servicios...

Que nadie, pues, se sorprenda por qué en dos años llevaron a la Lotería a la bancarrota, se están desplomando los servicios públicos, en ocho meses se acaban los presupuestos del año, no hay obra del menor significado y nos califiquen tan mal en el exterior.

Volvamos a la honorable Corte. Lo esencial de la impartición de justicia es ocuparse no sólo de que se cumplan las leyes y se dé "a cada quien lo suyo", sino también velar para que fallos, resoluciones y los actos propios de un tribunal de justicia se ajusten a lo que es moral y decente, y sirva mejor y sea oportuno a los superiores intereses de una colectividad.

¿Cómo pueden decidir

sin escuchar a los afectados?

A muchos aflige no tanto que anden nombrando hijos y correligionarios, sino que quienes lo deciden sean incapaces de ver el lado indecente de una decisión, padezcan de una grave ceguera ética. ¿Qué tiene de malo usar fondos públicos para comprarle joyas a una joven amiga o pasar a cuenta del presupuesto del Ministerio la cena que se tuvo con quince miembros de la familia?

Aceptar un dedazo no habla bien ni del dueño del dedo ni del aprovechado, a lo que se suma otro agravante: ¿Quién va a acarrear con el costo de la inexperiencia y del aprendizaje de una persona a la que, de la noche a la mañana, ponen de "jefe" no por lo que sabe sino por su parentesco?

Además, ¿No tenía derecho la persona a quien echaron de su puesto para poner al hijo del diputado, a que la evaluaran? ¿Y cómo puede un Magistrado que no tiene ni una semana de ejercer, juzgar la capacidad de alguien cuya única falla fue ganar un dinero que otro quiere para sí?

Es frecuente que el dueño de una panadería, como ejemplo, nombre al sobrino como pastelero y quite al anterior, pero es su dinero, no dinero público, y es él y su negocio los que corren los riesgos, no los contribuyentes ni "el pueblo". Pero hablar de ética en estos tiempos es como hablar de valses a un grupo de sordos.

Lo sucedido lleva a preguntarse los riesgos que corre un país cuando el sistema de justicia está bajo control de personas que toman decisiones para devolver favores y que, además, no oyen a la contraparte pese a los perjuicios que sufre.

Que nadie se extrañe de que la inversión se haya desplomado.

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