OTROS EDITORIALES

Éticamente ninguno tiene la razón en lo que hace

Que el país se encuentre empantanado en un enfrentamiento ponzoñoso entre dos poderes de "el Estado" es consecuencia de haber perdido la brújula moral

Lunes, 2 de Julio de 2012

Con la Biblia en mano, se dice, "puede demostrarse todo, desde que algo es blanco hasta que realmente es negro"; lo que no está sujeto a interpretaciones o torceduras, empero, es lo medular de su mensaje moral, que en el Éxodo queda escrito sobre piedra, los Mandamientos que Yahvéh entregó a Moisés en el Sinaí.

Lo mismo suceda con las leyes de un país, pero con una esencial diferencia: que los fundamentos morales del Orden de Derecho quedan prácticamente soterrados bajo un alud de leyes, reglamentos, decretos, interpretaciones, incisos y disposiciones, lo que a su vez puede revertirse, reevaluarse, modificarse y hasta ignorarse.

De esa situación es que surgen los espulgadores de leyes, que se rebuscan para encontrar articulados y disposiciones favorables a sus meneos e intereses.

Que el país se encuentre empantanado en un enfrentamiento ponzoñoso entre dos poderes de "el Estado", es consecuencia de haber perdido la brújula moral. No se actúa por lo que es propio y decente, sino por lo que conviene a inconfesas finalidades, lo que propicia movidas y fuertezas.

Lo deseable es que haya un balance entre poderes, que la administración de justicia sea independiente, que nadie manosee la Corte, que la Legislatura cumpla con el mandato de servir al país, que la institucionalidad se proteja con una estructura funcional de pesos y contrapesos.

Pero la Corte es la primera en manosearse y rebajarse moralmente al vulnerar principios fundamentales de una sociedad libre, en valerse de sus poderes para perseguir lo que no les gusta, en caer en pomposas actitudes para disfrazar lo que son arbitrariedades. Lo del fallo sobre la libertad de expresión lo dice todo, porque dejaron en indefensión este derecho de todos por un interés individual.

¿Apoyamos los ciudadanos a Chana o a Juana?

Mientras, la representación soberana de "el pueblo" no queda mejor parada, comenzando porque mucho de su recomposición parte de traicionar a sus electores, de irse tras ese poderoso señor que es don dinero.

Recurrir a la Corte Centroamericana para que valide una elección espuria es hacer mofa de nuestras leyes e instituciones, ya que esa instancia no tiene ni las atribuciones ni la solvencia para meter mano en el problema. Lo que procede es llegar a un acuerdo político, llevar a cabo una nueva elección de magistrados por una legislatura con un mandato éticamente válido y presionar para que las partes desistan de sus imposiciones.

No tienen cabida en esta democracia ni los desmanes de la saliente Sala ni los abusos y fuertezas partidistas.

Aritméticamente la Asamblea tiene razón en la pataleta: contaba con los votos y de allí la validez de su elección de magistrados. Pero esa aritmética estaba moralmente sucia, pues es inválido y contrario al interés nacional, que una legislatura que ya no goza del respaldo de sus electores, se aproveche de patrañas legales para hacer lo que no es decente.

¿Apoyamos, como ciudadanos, a Chana o a Juana?

Se dice por muchos que las partes deben sentarse a "dialogar", lo que es muy difícil que se logre por dos motivos: el diálogo es llegar a la verdad y al entendimiento a través del logos, de la razón, lo que precisamente no se acepta ni se entiende por ninguno de los bandos. Si no hay posiciones moralmente válidas, los arreglos serán pasajeros y retorcidos. Una vergüenza nacional.

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