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Detener el descalabro es el reto del futuro gobierno

Es válido que los partidos consulten con la población, dibujen perfiles de lo que la gente busca y quiere, hablen con sus apoyos. Pero eso se debe ver como el punto de partida para construir candidaturas efectivas

Jueves, 28 de Junio de 2012

El ruinoso estado de la economía, de la institucionalidad, de la convivencia y de lo que son las esenciales garantías democráticas en que recibirá a nuestro pobre El Salvador el próximo gobierno, obliga a que los partidos de derecha y de centro escojan como candidatos a personas capaces de revertir el descalabro y hacer mucho para rescatar y reconstruir.

Ese fue el reto en 1988, que se repite ahora con mayor urgencia.

Lo que hasta ahora se ha visto en cuanto a opciones electorales es poco esperanzador o francamente alarmante; echando mano del símil de un analista del Wall Street Journal, en la era del iPad y los teléfonos inteligentes, los "smartphones", no serán políticos de máquina de escribir y modesta formación los que van a abrir brecha al cambio vertiginoso.

El iPad simboliza la permanente renovación, la obligación que tienen los que "actuamos y movemos" a ser receptivos como asimismo agentes de la imparable transformación cultural y tecnológica. La producción, el intercambio, la forma de relacionarse entre grupos, la necesidad de renovarse y avanzar, es para los que en sus vidas ciudadanas se ocupan de organizar, cambiar, competir, edificar.

Es válido que los partidos consulten con la población, dibujen perfiles de lo que la gente busca y quiere, hablen con sus apoyos. Pero eso se debe ver como el punto de partida para construir candidaturas efectivas, no para precipitarse en designar candidatos.

La "derecha amplia", el conjunto de productores, profesionales, innovadores, dirigentes de sectores, es el grupo humano mejor preparado, o el único, capaz de sacar a El Salvador de la calamidad en que ha caído.

¿Es que El Salvador es una corruptocracia?

Lo complejo de la reconstrucción nacional se puede ver en la riña entre miembros del Poder Legislativo y el Judicial, la inmovilidad del Ejecutivo, las pobres o en el mejor de los casos mediocres cualificaciones morales e intelectuales de los protagonistas, el desparpajo que está teniendo lugar en todos los órdenes de la vida pública y el desasosiego de la gente que tiene que salir adelante como pueda.

Es válido el llamado que hacen las gremiales al Legislativo para que acate resoluciones de la Corte, pero es discutible la validez de esas resoluciones por la falta de autoridad moral y los pobres fundamentos jurídicos en que basan sus actuaciones quienes la integran, que se estrenaron imponiendo mordazas y emitiendo resoluciones con dedicatoria.

A ello se suma lo que incansablemente se dice: que se navega corrompiendo al que puede objetar o está en el camino. Eso haría de nuestro país una corruptocracia alimentada por la cleptocracia; no habría muchas figuras que escapen o resistan esas diabólicas tentaciones.

El rescate de la República será sólo posible bajo un gobierno que trabaje como un organismo que busca e incluya a las mejores y más experimentadas personas, figuras que sepan lo duro que es poner en pie lo que se ha desplomado, los que hayan manejado situaciones complejas con el concurso de gente dedicada y responsable. Eso descarta a los que se creen en posesión de la verdad, los que llegan a servirse a sí mismos y no a servir al conglomerado.

No se requiere clarividencia para anticipar el otro escenario: la ruina general, el fanatismo moviendo los actos del Estado, el saqueo de una nación empobrecida.

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