El arma de los votantes

El Salvador se encuentra actualmente en una transición del poder político de una elite tradicional a una naciente clase media. Esta es una consecuencia de la creciente industrialización del país, de la transformación de la sociedad de rural a urbana y del surgimiento de una nueva clase media, que exige una mayor representación política que la que había tenido hasta ese momento.

Pero esta transferencia no se da porque las cúpulas de los partidos políticos han sido capturadas por grupos pequeños que han ejercido el poder por muchos años y que bloquean el acceso de las clases medias a los mecanismos del poder. Como resultado, las clases medias no tienen voz en la selección de candidatos y se ven forzadas a escoger entre los candidatos nombrados por las cúpulas. Este proceso crea incentivos para que los funcionarios electos traten de complacer a las cúpulas que los presentan como candidatos y no a los electores que votan por ellos. De esta forma, las cúpulas, no la ciudadanía, son las que detentan el poder real en nuestro sistema político.

Este tipo de arreglos electorales son característicos de las sociedades agrarias, en las que la población mira con actitud reverencial a los que se consideran sus superiores sociales y económicos. Con la industrialización, la urbanización y el crecimiento de las clases medias las actitudes serviles inevitablemente desaparecen. Con ellas, desaparece la paciencia de la población a las pretensiones de las élites de dictar a la población lo que deben hacer y lo que no.

La sentencia de la Sala de lo Constitucional que dio a los ciudadanos la libertad de votar por persona en las elecciones de diputados quitó a las cúpulas una buena parte del poder que tenían para restringir las opciones abiertas a los ciudadanos en lo que respecta a la Asamblea Nacional. Todavía falta mucho para volver transparente la conexión entre los electores y los diputados. Pero es más lo que falta en términos de los candidatos presidenciales.

Las cúpulas piensan que tienen la sartén por el mango en este respecto porque, una vez que ellos determinan quién va a ser el candidato, los ciudadanos ya no tienen otra opción que votar por ese candidato. Este camino, sin embargo, está lleno de riesgos y puede llevar a retrocesos de décadas enteras en la democratización del país.

Los riesgos provienen del arma que los ciudadanos usan contra los políticos cuando éstos dan la espalda a los electores: dejan de votar. Los políticos creen que esto no va a pasar porque dicen que no es racional, arguyendo que el abstenerse de votar es la peor manera de votar, porque un voto anulado en el lado correcto de las ideologías (cuya identidad varía dependiendo de quién está hablando), es igual a un voto vertido a favor de las ideologías opuestas.

Este argumento es irrelevante políticamente por dos razones: Primero, porque mucha gente vota emocional, no racionalmente. Los que se sienten insultados votan con cólera anulando sus votos. Segundo, porque mucha gente justifica la abstención diciendo que es la única manera de hacerles ver a los de las cúpulas que ya no pueden seguir forzando a la gente a votar por los intereses de ellos, no por los de los ciudadanos mismos. No les importa que la elección se pierda. Piensan que a la larga es mejor asegurarse de que las cúpulas no puedan monopolizar el poder en los partidos.

Al ignorar al pueblo las cúpulas están azuzando al pueblo a que no vote. Esto es lo que los ciudadanos han hecho en muchos países de América Latina, permitiendo que populistas tipo Chávez accedan al poder y luego usen el disgusto del pueblo para destrozar las instituciones democráticas, destruir a las cúpulas mismas y perpetuarse en el poder.

Sería bueno que las cúpulas levantaran un momento la vista de sus intereses para darse cuenta de este enorme riesgo. Tienen que entender que las elecciones no se ganan ordenando al pueblo que vote como ellos quieren, sino atrayéndolo con buenas propuestas electorales.

*Máster en Economía,

Northwestern University.

Columnista de El Diario de Hoy.

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